lunes, 22 de febrero de 2010

El peso de las declaraciones


Por Ricardo Higuera Mellado

Cuando lentamente comenzaba el fin de una nueva celebración de cumpleaños, los diez amigos que quedaban para compartir con el festejado, se sentaron a descansar luego de haber bailado, alegres y entusiastas, y de haber conversado de una y mil cosas –dentro de las posibilidades que daba el alto volumen de la música-. Como suele suceder, pequeños grupos comenzaron a articular una conversación. Se reconocieron y comenzaron a entablar un diálogo bajo un lenguaje común, con determinados códigos, intereses y puntos de vista. Algunos recordaban episodios de la fiesta; otros, que se conocían hace muchos más años, hablaban de sus días en el colegio o de los pendientes que tenían en su trabajo para la semana entrante.

Sin embargo, uno de los que estaba ahí esta noche, se quedó sentado en un sofá, solo, mientras bebía los últimos sorbos de lo que parecía ser una bebida desvanecida. El ambiente seguía relajado, con carcajadas cada cierto rato, con algunas canciones que sonaban más fuerte y con los pocos pasos que algunos asistentes se a atrevían a dar luego de horas de baile. El invitado “automarginado”, comenzó a mirar con más interés a los distintos grupos, a ver de qué forma podía ingresar a alguna de esas conversaciones. Pero no lo conseguía. Se acercaba a un grupo, observaba, escuchaba y luego se iba a otro. Luego de pasar por todos, y sin hablar, decidió volver a su sillón. La celebración seguía, pero él no lograba integrarse. Quizás un poco frustrado, se paró abruptamente del sofá, fue hasta el equipo de música y, sin previo aviso, bajó el volumen a cero.

Ante tan brusco cambio de escenario, en muchos grupos se interrumpió la charla. Se comenzaron a mirar en busca de una explicación. Hasta que el invitado tomó la palabra: “Miren, la verdad a mí no me interesa si lo que les voy a decir les molesta o no. Pero yo soy así y al que le guste bien. Al que no, se aguanta”. Primera declaración. “Algunos me conocen y saben cómo soy. El resto no me interesa, pero si tengo algo que decir, lo digo y listo”. Segunda declaración. “No me gusta que haya grupos separados si estamos todos celebrando. Creo que eso genera mala onda y no me siento cómodo”. Tercera declaración. Y final.

Para algunos de los que estaban en la celebración, ésas tres declaraciones fueron la carta de presentación de este invitado. Era primera vez que lo veían, que compartían con él un espacio tan especial e íntimo como un festejo. Era la primera vez que se enfrentaban a alguien que optaba por ese comportamiento para dar a conocer sus puntos de vista. Y como era de esperar, para gran parte de ellos, incluido el homenajeado, se produjo una situación inesperada e incómoda.

Los seres humanos utilizamos las declaraciones para establecer nuestra posición en el mundo. Desde lo que argumentamos como parte de nuestra estructura física, mental, sentimental o de experiencias vividas, vamos construyendo nuevos escenarios, estableciendo nuevas relaciones, articulando nuevas conversaciones o dejando de lado aquellos espacios y personas que escapan de lo que nuestros objetivos e intereses.

Autores como Rafael Echeverría -en su libro “Ontología del Lenguaje”- han abordado el poder de las declaraciones, agrupándolas en seis: la declaración del sí, del no, de la gratitud, de la ignorancia, del amor y del perdón. Cada una de ellas implica una revelación de la constitución de hombres y mujeres; cada una de ellas permite mostrarnos tal cual somos y qué es lo que pensamos respecto de distintos aspectos de la vida humana.

A través de las declaraciones se van generando códigos de relación que cobran mayor o menor fuerza dependiendo de las comunidades a las que están dirigidas o de las situaciones en las que se realizan. Y esta característica determina los niveles de comportamiento que vendrán a futuro.

Las declaraciones tienen una potencia muchas veces no considerada. Y ahí está, tal vez para muchos, el punto central. Así lo expresa Echeverría en su texto, al declarar: “Después de haberse dicho lo que se dijo, el mundo ya no es el mismo de antes. Éste fue transformado por el poder de la palabra”. Este análisis nos lleva a pensar que no basta con pararse frente al mundo –o ante pequeñas comunidades, como en este caso - y hacer declaraciones sin tener conciencia de los efectos que pueden tener. Es importante saber que en la medida en que se hacen declaraciones de cualquier tipo, estamos transformando el mundo propio y el que estamos compartiendo diariamente.

Luego de estas tres declaraciones, se generó un silencio generalizado y los invitados cruzaron miradas, tratando de encontrar una forma de salir de esa incómoda situación. Se generó una nueva realidad a partir de lo que ese invitado dijo. Algunos se molestaron; otros, en tanto, no hicieron mayor caso y decidieron continuar con las conversaciones que habían comenzado minutos antes de la interrupción. Y esto se relaciona íntimamente con lo que argumenta Echeverría: “… para hacer determinadas declaraciones es necesario tener la debida autoridad. Sin que tal autoridad haya sido concedida, estas declaraciones no tienen validez y, por lo tanto, no tienen tampoco eficacia”.

El inesperado episodio se convirtió en una situación embarazosa, que sólo pudo ser revertida por el festejado, la persona más autorizada para intervenir. Se acercó a hablar a su amigo y luego de un par de minutos, el invitado llegó con una disposición distinta, pidió disculpas por el exabrupto y se dio el trabajo de encontrar puntos de conexión que le permitieron entablar distintas conversaciones en lo que fue quedando de esa celebración.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Una conversación invisible habita entre nosotros

Por Francisca Aguilar González

Imaginemos y experimentemos con atención nuestro cuerpo
A lo lejos vemos que viene hacia nosotros una persona que ubicamos o que conocemos por esas casualidades de la vida.

Posibles razones: Porque vive en el barrio. Porque compramos el mismo café con una gota de leche todas las mañanas en el Restauran El Paseo y luego tomamos el metro a las 9:00 de la mañana. Porque suele aparecer y desaparecer de mi ventana cada vez que saca a pasear a su perro todas las noches cuando me dispongo a cenar o sencillamente, porque todos los sábados por la mañana compramos chirimoyas en la verdulería colorida de calle Bellavista.

Sin saber la razón o el motivo, e independientemente de las circunstancias cotidianas indicadas, cada vez que vemos a esa persona, algo sucede en nosotros. El cuerpo comienza a cambiar su “estado” de quietud. El ritmo cardiaco se agita, la respiración se acentúa, las fosas evidencian contracciones cíclicas. El tono muscular del rostro reúne nuestras cejas, la rigidez de la mandíbula se transporta hacia el cuello y las extremidades. La sangre fluye llenando cada espacio, preparándonos para un ataque que es evidentemente innecesario. Todo parece fluir de manera rápida y sin saberlo o identificarlo, hemos comenzado a experimentar la emoción de la rabia.

Después de sucedido el “acercamiento” que provocó dicho huracán en nuestro interior y exterior, nos quedamos pensando porqué aquella persona nos agita y transforma nuestro estado de “tranquilidad” en uno de “alerta”.

Las historias van conformando parte de nuestra memoria emocional, que es forjada desde nuestro relacionar con “otros” seres humanos, quienes a su vez de manera integrada e individualmente asimilan o experimentan “estados” emocionales que pueden “revivirse” si nos hallamos en una situación que nos conecte con una historia similar.

Es posible que esa persona que vemos caminar hacia nosotros, sea parte de una vivencia compartida o quizás lo proyectado por ella nos conecte con una instancia compleja donde la “rabia” fuera nuestra emoción dominante.

Las emociones –en el caso de las denominadas “básicas”- vienen con el ser humano, son universales, están en cada uno de nosotros sin discriminación, no las aprendemos ni las creamos desde la experiencia cultural, sólo están. Aquí la alegría, la rabia, la tristeza, el miedo, el erotismo y la ternura, son parte de nuestra configuración como seres vivos, determinando nuestra forma de estar en el “presente” y ese “cómo” comunicarnos con el mundo.

La conversación invisible
Al leer a Susana Bloch, una estudiosa de las emociones y creadora del método Alba Emoting, se descubre algo potente y clarificador que puede ayudarnos a entender aún más la naturaleza humana. Bloch precisa que cada emoción, en cierto grado, es necesaria y válida, e incluso – y lo más importante- debe ser vivida como tal.

Muchas veces ocurre que al sentirnos tristes o acongojados, buscamos algún amigo para conversar, de un momento a otro las lágrimas surgen y nos sorprendemos llorando, cuál suele ser la respuesta inmediata de nuestro interlocutor: “no llores, debes estar tranquilo”. Error. Las emociones deben vivirse. Si logramos “llorar” y canalizar aquello que sentimos, entonces más rápido saldremos de la tristeza. En cambio si reconocemos una emoción que nos brinde bienestar, será óptimo mantenerla en el tiempo.

¿Por qué otra razón son importantes las emociones?, ellas tienen el rol y capacidad de “comunicar”. Una conversación entre dos personas o más no sólo está determinada por las palabras, su contenido e intencionalidad, ni por las conductas que los individuos tomen a partir de este ejercicio, sino también por dicha “conversación invisible” que se expresa mientras interactuamos o al conseguir esa “coincidencia” que ofrece el conversar.

La conversación invisible es el conjunto de emociones que están presentes al momento de comunicarnos, están en el ambiente y son proyectadas por quienes se están comunicando. Es decir, si las personas interactúan, las emociones también lo hacen, algunas -emociones- logran coincidir o empatizar entre si, otras llevan al desencuentro o a la imposibilidad de “acuerdos” entre los individuos.

En este caso para lograr un proceso donde ambos o más personas se sientan integradas al momento comunicacional que las ha reunido, es necesario una sensibilidad, observación y consideración para reconocer, distinguir e identificar esa melodía emocional que se instala cuando se comunican. Al percibirla, al ver aquello que sin ser material determina nuestra forma de empatizar y de entender a la persona que comparte un momento de intercambio y fusión con nosotros, es cuando comprendemos el poder, sentido y valor de las emociones.

Sin duda, las emociones modelan nuestro estar en el mundo. Ejemplo de ello son los niños que de manera natural “ríen” unas trecientas veces sin parar, de todo y por todo durante el día, mientras los adultos “sonríen” más de cien veces al día y los menos alegres unas quince veces. Ciertamente un niño y un adulto son distintos, con vivencias, tiempos e historias examinadas desde una comprensión propia de las edades. Sin embargo ambos traen consigo la capacidad de estar “alegres” y con ello intervenir su fisiología. Es más, reírnos a carcajadas produce endorfinas que suelen calmar nuestros apremios y nos brindan una sensación de bienestar. Retomamos la pregunta nuevamente: ¿por qué otra razón son importantes las emociones?.

La presencia inevitable de las emociones y su observación nos permiten el cocimiento de la naturaleza humana, de ese entorno lejano, cercano y de nosotros mismos. La emoción aquí se transforma en un canal de conocimiento, de modelación, de una lectura profunda sobre lo que sucede en este “presente” donde logramos comunicarnos, tu y yo, nosotros en una reunión para alcanzar un acuerdo, para percibir en qué estado se encuentra una comunidad y qué melodía emocional componer para saltar los obstáculos y hacer surgir la potencia humana.

martes, 9 de febrero de 2010

Identidad en las comunidades virtuales y sus redes

por Mariluz Soto Hormazábal

I. Comunidades virtuales

Las comunidades virtuales son el gran actor de la época, con posibilidades virtuales de expansión, se han convertido en nuestros nuevos ojos, oídos y boca, nos expresamos a través de ellas, decimos lo que estamos pensando o qué está pasando.
Extensión de nuestros sentidos, mouse, teclado, pantalla, aplicaciones virtuales, post o comentarios, un nuevo lenguaje que configura el habitar en la red, pertenecer a una comunidad de interacción de usuarios, en el que el objetivo común es sólo estar en la misma red.
Las comunidades virtuales son un proceso de comunicación entre las personas, es la capacidad de ser más allá que sólo un visitante u observador pasivo, la posibilidad de comentar, participar, manifestar un interés, encontrarse con otras personas con igual preferencia o gusto en el espacio virtual.
La preocupación por la construcción de una comunidad que utilice de manera eficiente la tecnología y la apertura a los nuevos canales de comunicación, ya era una preocupación en el año 1999, con el libro “Comunicología: de la aldea global a la comunidad global”, Mauricio Tolosa anticipó que la oportunidad que nos ofrece la tecnología actual de construir una humanidad que celebre la diversidad y que vea en el otro una oportunidad de desarrollo, podría pasar a ser una utopía nostálgica, si no ponemos atención a los procesos de comunicación entre las personas.

sábado, 30 de enero de 2010

El otro cuento: La oficina que se tragó un Río

La Pequeña Gigante paseaba entre los edificios de Santiago, y los ciudadanos se amontonaban para mirar al cielo y verla pasar. En las oficinas del MOP otros hacían una movida de lujo real, mientras miraban para el techo pero por otras razones.
Por Mauricio Tolosa Twitter @mautolosa

Prioridad en el naufragio: Salvar el cofre 
Mientras con alto ratting televisivo, la presidenta de Chile se daba el tiempo de tomar desayuno con una muñeca gigante, en las encementadas oficinas del Centro, los funcionarios de la Dirección General de Aguas (DGA) aprovechaban para  autorizar, “rapidito” las seis solicitudes de traslado de derechos de agua que necesitaba AES GENER para iniciar la construcción del mega Proyecto Hidroeléctrico Alto Maipo. Este es el salvoconducto final para un proyecto que destruye tres cuencas hidrográficas que forman parte esencial del delicado sistema hidrológico que provee de agua, potable y de riego, a la Región Metropolitana.

Asombrosamente, la propia DGA es uno de los servicios cuestionados en el informe que votó por unanimidad la Cámara de Diputados el 14 de enero. El documento pide a la contraloría revisar “la actuación de los servicios responsables de la evaluación ambiental del proyecto, especialmente la Corporación Nacional Forestal, la DGA, la Dirección de Obras Hidráulicas y el Servicio Nacional de Geología y Minería”.

El informe del poder legislativo alerta que “la operación de la Central Hidroeléctrica Alto Maipo podría afectar la seguridad y calidad del abastecimiento de agua potable y de riego de la Región Metropolitana”. En esas coincidencias de la política, el mismo día de la votación en la cámara de diputados, la jefa del Ejecutivo, Michelle Bachelet, declaró que “el agua es el tema del futuro. El agua en un mundo sometido al cambio climático va a ser un bien escaso”.

A diferencia de la gran muñeca, la cabeza y el cuerpo del poder ejecutivo no parecen estar sincronizados. Unos días antes, otra movida de funcionarios del ejecutivo había beneficiado a la misma AES GENER. La Ministra de Vivienda Patricia Poblete, (la misma que habla en los comerciales radiales sobre las maravillas naturales del Parque Zoológico Metropolitano), en conjunto con el Ministro del Interior Perez Yoma, firmaron la modificación de la ordenanza general de urbanismo y construcciones respecto del uso de suelo de actividades productivas. La modificación en un momento tan preciso, ha sido considerada como un traje a la medida de las necesidades de AES GENER, para burlar el dictamen de la Corte Suprema que había ordenado la detención de la construcción de la termoeléctrica Campiche, en Puchuncavi. 

En muchos países la situación sería considerada por lo menos sospechosa y digna de investigación. El poder legislativo y el poder judicial declararon e incluso juzgaron, en  dos situaciones graves relacionadas con la tramitación de proyectos pertenecientes a la misma empresa. En ambos casos, otro poder del estado, el ejecutivo, los burla, incluso modificando la reglamentación a posteriori, para que la empresa siga adelante con su negocio. 

En muchos países con un periodismo abierto, investigativo e interpretativo, estaríamos preocupados de esta verdadera crisis de la democracia, donde el poder de los negociados hace que el ejecutivo desconozca y pase por encima de los otros dos poderes del estado. Preguntándonos ¿Por qué tanto rigor con dos despistados muralistas daneses que pintaron el metro en Valparaíso y no con los procedimientos de aprobación de una obra empresarial que pone en riesgo la forma de vida de siete millones de personas.

Los medios de comunicación se estarían preguntando ¿Por qué tanta premura a último momento por destrabar los proyectos de AES GENER antes de irse? ¿Será que las comisiones de políticos y lobbystas de la Concertación se pagan sólo contra resultado, es decir sólo si el permiso es otorgado efectivamente? ¿Por qué los senadores ecologistas de la Concertación, habitualmente tan vociferantes han guardado tan riguroso silencio en los conflictos vinculados a AES GENER?
Pero acá, en el Chile de la OCDE no nos preguntamos tanto. Mejor relajémonos un poco, y a gozar que ya viene “¡Viña es un Festival! Chile tiene festival”.
Epílogo: responsabilidad presidencial
Casi diez mil ciudadanos pedimos a la presidenta Bachelet que suspendiera el mega Proyecto Hidroeléctrico Alto Maipo hasta que la ciudadanía de Santiago no contara con amplia información sobre el tema. Creyendo en la imagen de la presidenta protectora, le presentamos a la mandataria una solicitud para que declarara el Alto Maipo reserva estratégica de agua para la ciudad de Santiago. Las solicitudes de audiencia durmieron en el escritorio del jefe de gabinete Rodrigo Peñailillo, hasta que el papel se puso amarillo. Buscamos nuevas vías para llegar a la popular Michelle Bachelet que declara en los foros internacionales que “el medio ambiente es un imperativo ético”.

Se habló con los asesores de la presidenta, son sus ministros y ministras. Incluso pensamos que lo habíamos logrado, cuando llegamos al Palacio de La Moneda, antes de la primera vuelta, cuando probablemente valía la pena escucharnos para ver si caían unos votitos. Da vergüenza reconocerlo, pero después de la segunda vuelta los oídos están mucho más sordos, y la apertura de de esos días se transformó en “ya le vamos a devolver la llamada”.

A la presidenta más popular de la historia de Chile, no le importó que la Cámara de Diputados hubiese votado unánimemente cuestionando a sus funcionarios sobre el procedimiento de aprobación orquestado por su Ministro del Interior. No le importó que 10.000 ciudadanos y el poder legislativo vieran graves riesgos en el abastecimiento de agua. No le importó que ocho de los diez factores agravantes del calentamiento global se dan en la zona del proyecto. 

A veces pienso que no le importó porque el impacto del Alto Maipo no es visible hoy, ni mediático, ni de alto ratting. Que mal ojo tuvo Michelle, porque el ecocidio que deja instalado aquí por la omisión de sus actos, es una crisis muy superior a la del Transantiago. Tendrá tanta visibilidad, y afectará tanto a las personas en su vida cotidiana que será difícil esconder la responsabilidad en alguna parte. Los lobistas y hombres de negocios sacaron su beneficio de última hora y seguirán haciendo negocios. Pero Bachelet es, aparentemente, una presidenta honesta y lo que se lleva es su popularidad y su prestigio. Lamentablemente los políticos creen que los escenarios y las popularidades se mantendrán por siempre, y no se dan cuenta que una cosa es con el cargo y otra sin. Son demasiados los presidentes que salen populares y a los pocos meses se transforman en parias por el nuevo contexto de lectura de sus actos y consecuencias. ¿Habrá conversado de esto la presidenta en su desayuno con la Pequeña Gigante? 




lunes, 25 de enero de 2010

La melodía perfecta en un ambiente cotidiano

Por Ricardo Higuera Mellado


En lo que pareciera ser un ejercicio marcado por la inercia, un hombre pide permiso al conductor de un bus de transporte público para subir a cantar para los pasajeros. Mira por el pasillo, camina y evita golpear con su guitarra a un hombre que se las ingenia para sentarse al lado de la ventana, incluso cuando el sol parece estar al máximo de su potencia.

El artista se detiene, observa y cuando encuentra un lugar que parece adecuado, decide avanzar. Mira el piso, con su pie izquierdo mueve el envoltorio de un helado que está en el suelo, como limpiando su espacio, saca un pañuelo de su bolsillo, se seca la cara –el calor no da tregua- y lo guarda. Toma un colgante que tiene al cuello y lo engancha a su guitarra. Del bolsillo de su camisa saca una uñeta verde y acerca su cara al instrumento. Acomoda su oído, cierra los ojos, respira y sólo ahí da el primer acorde.

Pero no le gusta lo que suena. Se le nota en el entrecejo, que se arruga luego de ese sonido. El cantor abre los ojos, mira las clavijas de la guitarra y ajusta la tensión de la primera cuerda. Un nuevo acorde y no, no es el sonido que espera, no es lo que quiere entregar a los acalorados pasajeros de ese trayecto. Vuelve a abrir los ojos, da otro pequeño giro a una clavija y esta vez sí, la nota suena como él lo espera.

A medida que la melodía brota del rasgueo de las cuerdas, el cantor se sumerge en una especie de trance. Con los ojos cerrados y el oído pegado a la guitarra, se deja llevar por los sonidos. Su cuerpo se transforma para ser melodía junto con su instrumento. En las notas más intensas, arquea su espalda y cierra los ojos aún más fuerte; en las más suaves, su entrecejo se relaja y un atisbo de sonrisa se dibuja en su boca.

Lo que para muchos pudiera ser un simple acto de tocar una canción, para este hombre es mucho más. Es una disposición completa a encontrar la melodía perfecta en medio de un ambiente cotidiano.

En nuestra vida diaria, mujeres y hombres nos enfrentamos a un mundo que nos es familiar. La casa, la familia, el trabajo, los amigos y los espacios de descanso o entretención –por nombrar sólo algunos-, forman parte de lo que nos constituye como seres humanos, son las comunidades con las que nos relacionamos. En esos círculos se encuentran nuestros afectos, nuestros amores, nuestras sonrisas, nuestros instantes de reflexión y construcción. Sin embargo, no siempre existe conciencia de la forma en que establecemos esos códigos relacionales ni cómo podríamos potenciar aún más esos vínculos.

Es exactamente como el ejercicio de este cantor con su guitarra. Dado que luego de su presentación pide dinero a los pasajeros, se podría interpretar que es uno de los aspectos centrales en su vida, desde donde articula las relaciones con sus distintas comunidades. Por eso tiene conciencia de la importancia que implica para sus objetivos obtener una melodía que no sólo lo satisfaga a él, sino que sea amable a los oídos de los pasajeros. Así podrá obtener un mejor pago por su trabajo.

Por eso se esfuerza en conseguir la nota perfecta. A través de su experiencia ha logrado afinar su oído y entrenarse en las distinciones que forman parte de su guitarreo diario. No le da lo mismo situarse en cualquier punto del bus. No le da lo mismo una nota que otra. No le da lo mismo que una nota suene desafinada. Eso explica que sea capaz de detenerse, incluso cuando ha comenzado una nueva canción, si la melodía aún no es la adecuada, y sólo continuar cuando está seguro.

En ejemplos como éste es donde se manifiesta el valor que las distinciones tienen en diferentes esferas de la vida humana. En la medida en que somos capaces de observar con rigurosidad los espacios en los que nos desenvolvemos, las personas con las que nos relacionamos o las tareas que ejecutamos diariamente, nuestro mundo de posibilidades de respuesta y de transformación, se amplía de forma exponencial.

Las distinciones son un componente central de todo proceso y muchas veces no se pone atención a su valor y efecto. Médicos, trabajadores de la construcción, agricultores o panaderos, están diariamente construyendo su mundo sobre la base de las distinciones. Son ellas las que aseguran que un diagnóstico sea el indicado, que la mezcla que se necesita para levantar un muro sea la correcta, que las semillas sean plantadas en el momento justo o que el pan salga del horno con la cantidad de sal adecuada. Si no tuvieran ese conocimiento, nada de lo anterior sería posible.

Para realizar distinciones potentes en contenido, es necesario tener una actitud de observación constante, cuidada y rigurosa, sobre el entorno o sobre los procesos en los que se busca participar o aquellos que se quieren intervenir para obtener mejores resultados. Las distinciones enriquecen los espacios de respuesta y permiten realizar acciones que nos ayudan a conseguir nuestros objetivos.

Luego de la última canción, el hombre respira hondo. Abre los ojos lentamente y comienza a soltar la guitarra del colgante que lleva al cuello. Se dirige a los pasajeros de forma respetuosa, buscando su aprobación. Pide cooperaciones voluntarias y procede a caminar nuevamente por el pasillo. Por el sonido de las monedas en su mano y por lo agradecido de sus palabras y gestos, al parecer ha sido un buen trayecto. Camina hacia el chofer, cruza un par de palabras y se baja en el siguiente paradero. Desde ahí iniciará un viaje distinto, en donde comenzará nuevamente el rito por encontrar la melodía perfecta en un ambiente cotidiano.

lunes, 18 de enero de 2010

ESCUCHAR: una acción del conocer



Por Francisca Aguilar González
Qué nos motiva a atender la voz de un “otro”. Cuántas veces vemos a ese “otro” a través del escuchar. Cómo logramos escuchar y a la vez entender aquello que se nos quiere comunicar hasta poder empatizar con el mundo del ser que nos habla, que nos entrega su relato, su revelación del mundo.

Escuchar requiere de un ejercicio vital y necesario para la comunicación humana que entendemos como ese estado de “estar presente”. Quien escucha desde este ejercicio, podrá enfocar sus sentidos, su pensar y su ver al “otro” en su condición legítima de “otro” ser humano. Ello implica un encuentro limpio e integro, lejos de un material cargado de prejuicios y de visiones imprecisas sobre quien –recién- conocemos o conversamos.

Si bien escuchar parece ser más de la mitad de la comunicación, también es una acción que nos permite observar la emocionalidad, las representaciones, experiencias y creencias del individuo o comunidad que se comunica, que nos habla. En consecuencia, el escuchar es una acción del “conocer”.

Esta acción iniciática que implica nuestra interacción con un “otro”, nos ofrece la oportunidad de habitar un presente y vivenciar ese presente desde una comunión entre “quien dice y quien recoge ese decir”, fusión que permite crear espacios de confianza y de entrega, tanto para el que expresa como para el que escucha.

Por lo tanto, para quienes estén en la búsqueda de distinguir ese delicado suceder que nos ofrece el relacionar humano, la acción de escuchar se transforma en una herramienta fundamental que nos brinda esas configuraciones del relacionar y ese ocurrir que entendemos por comunicación.

En conclusión, sí escucho lo que hablas, sabré que quieres!
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...