martes, 30 de noviembre de 2010

Haití más que pobreza, terremoto y cólera


Por Victoria Uranga

Lo primero que me dijo el taxista al llegar a República Dominica es que ellos eran “pobres felices”, de fondo sonaba música bachata, nada de rosa. Cuando le pregunté por los haitianos señaló que son mucho más negros que ellos, que repletan sus servicios públicos y que ellos no pueden ni con sus propios pobres, que cómo los van a ayudar. Todo mientras, recibía tweeteos que me alertaban de que me cuidara del cólera. Como si en Chile fuera una enfermedad desconocida.

En Haití y República Dominicana, el creole y el español se comunican dificultad. Pero el problema es más profundo, hay una historia de distanciamientos y dependencias, entre dos países y dos culturas. Partiendo por el hecho de que la independencia de los dominicanos no fue de España, sino de Haití. El mismo que hoy lo hace ser el país con más pobreza de toda América (en extrema pobreza vive el 70% de su población) y a su territorio casi totalmente deforestado por el uso de la leña como fuente de energía. En este contexto: la desesperanza en Haití se cultiva con facilidad. También la resilencia y la colaboración.

Los medios de comunicación dominicanos reflejan la profunda distancia entre dos países obligados a estar juntos por siempre y con el mar como testigo. Como acompañamiento no hay campanas sino llamados a cerrar la frontera, a expulsar a los haitianos, a que no se detenga el turismo y a que los países que comprometieron ayuda para el terremoto del 12 de enero: cumplan sus promesas. Es que vergonzosamente, se fueron las cámaras y también varios olvidaron enviar lo ofrecido. Tal vez ahora aparezca, porque Haití y su gente están de nuevo en la agenda de los medios “gracias” al cólera.

El cólera está en Haití por partida doble. Primero como enfermedad que mata a todos y todas los que no acceden a un tratamiento oportuno. Pero también está presente como ira. Para muchos haitianos esta es una enfermedad que la trajeron los “extranjeros” y reclaman con piedras y protestas a los mismos que están ahí para mantener su precaria estabilidad.

Cólera es una enfermedad de países en situación de pobreza. Entre otras cosas porque está asociado a falta de condiciones básicas de agua potable, higiene, alcantarillados y hábitos alimenticios. Por lo tanto, cuál es la sorpresa de que un brote de cólera esté multiplicándose en el lado occidental de la isla. Cuál la sorpresa de que también aumenten los casos en el lado dominicano si, a diario las mujeres haitianas cruzan (o lo intentan) con el legítimo deseo de que sus hijos e hijas nazcan con algún horizonte de oportunidades (feminización de la pobreza ¿les suena familiar?). Cuál es la sorpresa de que muchos dominicanos sientan vulneradas sus fuentes de trabajo, si su situación sólo es un poco mejor que sus vecinos.

En Chile, el tema probablemente sólo será noticia como un muy breve de internacional, cuando las muertes alcancen alguna cifra espantosa o para dar recomendaciones a los turistas que tienen a Punta de Cana en sus planes de veraneo. Pero podríamos hacer bastante más.

No sé cuál es la mejor forma para realizar una ayuda efectiva, pero siento que a lo menos esta puede ser una oportunidad para mirarnos como América. Una América solidaria retomando el nombre de la organización que envía a Haití a muchos jóvenes profesionales a aportar con sus energías y conocimientos (www.americasolidaria.org), y que por sobre todo, nos provoca evidenciando la pobreza más allá de las demarcaciones de los países. Una oportunidad para mirar a partir de esta experiencia la relación con nuestros países limítrofes, con los muchos que definimos como “otros” que discriminamos o ignoramos a diario, con nuestras formas de reaccionar cuando una amenaza nos afecta y nos conecta con nuestra fragilidad de seres humanos.

Aunque en muchas esquinas de Santo Domingo se pueden ver haitianos vendiendo víveres o pidiendo limosnas, aunque están presentes en la mayoría de las construcciones y aunque la frontera está a unas pocas horas en auto desde la capital dominicana, Haití me pareció más lejano y más cercano que nunca. Lejano porque me sentí paralizada de impotencia, no sólo en acciones sino también en la dificultad de comprender las distintas dimensiones en juego. Cercano, porque me conectó con nuestras pobrezas.

Los 25 de noviembre de todos los años se conmemora el Día Internacional de la eliminación de la violencia contra las mujeres. Esa fecha fue elegida en honor a las hermanas Mirabal: tres heroínas dominicanas asesinadas por luchar contra el dictador Trujillo. Tal vez, este año nos podamos inspirar en su lucha para reforzar esfuerzos para eliminar las muchas otras violencias que tenemos pendientes, entre ellas la pobreza.

Fotografía desde http://www.mujeresenconexion.org/?q=node/495

lunes, 15 de noviembre de 2010

A las 5 de la tarde estaré en la estación de trenes

Por Francisca Aguilar González

 
Las válvulas tienen la función de abrirse, liberar y luego, cerrar. Las situaciones tienen esa capacidad también. Las imágenes, la música, una conversación, un sueño casi real, un abrazo imaginado, un recuerdo que una y otra vez es recordado.

Somos expertos encubridores de emociones que a veces concientemente guardamos, porqué no es el momento de liberarlas, porque tengo una imagen que cuidar, porque la verdad eso es para los débiles.

Hoy viendo la película Hachiko surgió todo aquello guardado. Una válvula se abrió, han pasado las horas y aún no la puedo cerrar. Me preguntaba qué hubo en esas imágenes que de un estado neutro pasé a la catarsis. Será que más allá de nuestra forma cultural de hacer y existir, hay deseos y formas humanas por sobre el deber ser, siendo el mismos film un estimulador de esos deseos.

¿Será que todos queremos que alguien nos espere como Hachiko?, ¿será que deseamos conversar sin preguntas, sin palabras para poder fluir?, ¿será que queremos tener y ser incondicionales sabiendo que será un trato acordado y cumplido?.

A veces uno busca o encuentra. Las personas están en esa constante creencia, piensan que buscan, otros piensan que encuentran, finalmente es una sincronía y uno se “conoce” con las personas y/o con nuestros animales. ¿Qué se espera?, muchas cosas, de preferencia, acuerdos o códigos culturales, formas aprendidas de lo que debe ser una relación y también, algo bellísimo y esperado, que “nos quieran tal cual somos”, sin preguntas, sin observación, solo con los brazos abiertos…o lo que resumimos bajo la palabra “lealtad”, ella no es cultural, es nuestro deseo, es lo que quiero de ti, de todos, es lo que queremos.

El film Hachiko retrata dicho deseo con simpleza y sorpresiva claridad: “que alguien nos espere todos los días, a las cinco de la tarde en la estación de trenes”.

(Hachiko, gran película, véala)

miércoles, 20 de octubre de 2010

Equilibrio y armonía






A primera vista la tempestad de nieve en alta mar de William Turner (1842) parece solo un conjunto de luces y sombras cuyas formas eventualmente nos llevan a fijar la atención en la silueta parcial de un barco a vapor en medio de una tormenta. Lo que siempre me ha atraído de este cuadro es la maestría con que su autor utiliza el desequilibrio de luces y formas para crear una relación armónica que nos invita a perdernos en su obra.

Al igual que las obras de arte, nuestras estructuras sociales se caracterizan tanto por los objetos que las constituyen – sus protagonistas- como por las relaciones que los unen. En consecuencia, nuestros criterios de evaluación sobre el éxito de dichas estructuras pueden ser distintos dependiendo de la perspectiva que tomemos. Por ejemplo, si nos enfocamos en los protagonistas, tendemos a utilizar el concepto de equilibrio o equidad. Por el contrario, un criterio de armonía tiende a surgir cuando nuestro análisis se centra en el estudio de las relaciones y dinámicas sociales. Esta dicotomía es la que Voltaire abordaba al asegurar que por encima de la balanza – símbolo del equilibrio- se encuentra la lira, imagen de la armonía

Desde el punto de vista de Voltaire el equilibrio no puede ser considerado una fuerza creadora. Por el contrario, equilibrio implica la anulación de fuerzas, como bien lo establece la primera ley de Newton; sin desequilibrio nuestro universo no podría existir. Llevado al campo social, creo que la búsqueda de equidad solo lleva a un estancamiento a través de la pugna de poderes en una convivencia forzada, algo que podemos observar tanto en estructuras de familia como en entes políticos.

En cambio, cuando nuestro enfoque se centra en las relaciones sociales, son las sinergias entre entes, ideas y esfuerzos diversos las que definen el éxito. Como en la obra de Turner, la armonía que surge del desequilibrio se vuelve creativa cuando aceptamos que cada componente tiene una voz que debemos escuchar sin prejuicios ya que cumple un rol critico en nuestro desarrollo social. Desde esta perspectiva el desequilibrio nos permite avanzar y crecer. Sin embargo, este desequilibrio también puede convertirse en una fuente de inequidad a menos que nuestro sentido de justicia nos impulse a sentar como prioridad la protección de los sectores más desvalidos en nuestra trama social. Esta idea, propuesta originalmente por John Rawls, sugiere que la historia ha de juzgar nuestra sociedad, no desde un punto de vista de equidad, sino basada en nuestros esfuerzos y logros en el cuidado de los más vulnerables. Al igual que Turner y Voltaire, Rawls pone implícitamente la lira por sobre la balanza al desarrollar su concepto de justicia social.

Por Ricardo M. Letelier

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Acciones, coordinaciones y reconfiguración


Caminar, comer, escribir, leer, reír, llorar son acciones determinadas que hacemos a diario sin tener la plena conciencia del movimiento de las piernas al caminar o de las manos y boca para comer o el imparable horizontalismo de los ojos al leer, tampoco tomamos consciencia de los músculos como modifican su forma al reír o al llorar. Esta acción es el “producto final” de la serie de transmisiones nerviosas que van desde el cerebro, que da la instrucción, hasta el musculo, que la recibe, esta coordinación, este sistema de mensajes que determinan la movilidad es lo que nos permite “estar normal”.
Recientemente aprendí sobre el poder del cerebro, conociendo enfermedades autogeneradas, consecuencia de una instrucción exagerada del sistema nervioso central, reaccionando quizás ante una potencial amenaza, se convierte en un peligro para el resto del organismo, los músculos sobrerreaccionan y crean un impacto tan potente que resiente su consistencia normal, provocando consecuencias mayores, que en algunos casos, demora meses la recuperación.
Las coordinaciones erradas, dañan el ritmo y el fluir de las acciones, seguir sólo una instrucción sin razonar es lo que nos distancia de las máquinas, las que mediante una programación configuran las coordinaciones y las consecuentes acciones. Cuando hay problemas, la solución es “reset” y volvemos a configurar nuestro sistema establecido artificialmente. En el caso del cuerpo humano, los impulsos nerviosos son movimientos y transacciones automáticas que van acumulando memoria y adaptaciones según los cambios percibidos, generan automáticamente nuevas configuraciones, no producto de un razonamiento orgánico ni molecular, sino que en base a la articulación de combinaciones coherentes.
Evidentemente en nuestros procesos naturales y biológicos, las experiencias e interacciones nos van dando esa configuración que compone nuestro estar y hacer. Las coordinaciones forman parte del desarrollo y crecimiento, por ejemplo, los bebés aprenden del  entorno próximo – la familia-  caminar está compuesto por imitaciones de movimientos, conductas e impulsos nerviosos que se coordinan. Aprender a hablar, son coordinaciones de lengua, mandíbula y crecimiento de la dentadura que permite la resonancia necesaria para que la unión de las frecuencias sonoras formen los sonidos que componen las palabras.
Todas estas coordinaciones normales son desarrolladas por lo que entrega el entorno, la interacción que se establece con él y la configuración de los genes en su conjunto es lo que genera la capacidad de procesar, adaptar y reconfigurar la información genética. Las acciones son la consecuencia de un proceso consciente e inconsciente de nuestro organismo.

Acciones, escencia del hacer

Las acciones son la esencia del hacer, cuando pasamos desde el pensar al actuar es cuando se concretan las ideas, es el momento en que se hace real y tangible la brillantez de los pensamientos y del proceso creativo. Es cuando la materia gris se transforma en tornasol. 
El proceso creativo es una secuencia de pensamientos y acciones que van modificando y replanteado el hacer y pensar. Todo proceso necesita un tiempo de decantación y evaluación, tal como aprender a caminar, no es algo inmediato, aunque la intención existe si no hay un proceso de gateo o de caídas repetidas, es difícil conseguir la postura erguida y equilibrada para dar los pasos. Es requisito pasar por la consciencia de los movimientos, para que las coordinaciones se configuren y permitan la fluidez de los actos ya aprendidos.

Espacio de distinciones

Las distinciones de los sentidos, por ejemplo, nos va dejando una huella en la historia de nuestras vidas, al sentir un aroma por primera vez lo internalizamos dentro de nuestro catálogo de experiencias vividas. 
Posteriormente ya no nos impresionará, quizás evocará algún momento determinado pero ya no analizaremos aquel aroma que tenemos agregado en nuestro recuerdo. En lo que contribuirá es en distinguir entre un aroma y otro, porque está dentro de nuestra memoria percibida. 
La impresionante perfección del cuerpo humano, como sistema de coordinaciones permite que las acciones sean coherentes, permiten movimiento y funcionamiento. Da los espacios para incorporar nuevas distinciones, es flexible y adaptable, es integrador y dispuesto a buscar nuevos caminos si ve obstruido el funcionamiento normal. 
Aun con todas las virtudes, el cuerpo humano requiere de la interacción y de la exposición, necesita crear lo anticuerpos para defenderse, sus procesos son potenciados y facilitados por la experiencia y la capacidad de almacenar episodios para formular las soluciones. 
La inconsciencia de los movimientos es producto de la experiencia adquirida, tomar consciencia de los actos requiere concentración y capacidad de distinguir entre uno y otro. Al tener que modificar alguna acción o funcionamiento del cuerpo es cuando nos damos cuenta de la cantidad de acciones que se ejecutan instantáneamente para llevar a cabo un movimiento.
Así es como nos movemos en nuestro hacer diario, lo que hacemos o con quienes interactuamos van modelando nuestra manera de ser, de vivir y de actuar. El proceso de creación casi no es percibido por etapas individuales, es un conjunto de pensamientos y de acciones que han determinado nuestros procesos, en este caso mentales. La manera en que conversamos con otros  es parte de lo que define nuestra identidad dentro de una comunidad. La manera en que nos vestimos, es el resultado del conjunto de interacciones con otros, la configuración de nuestras familias, de nuestra sociedad, cultura o religión. 
Somos un cuerpo que interactúa por dentro y por fuera en un sistema de coordinaciones que deben combinarse coherentemente, en el interior no tenemos plena consciencia y dominio de los procesos, en el exterior somos quienes decidimos y definimos nuestro hacer.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Los discursos anímicos y slogans de las élites del Bicentenario

 En el Bicentenario se han manifestado, con diferente fuerza, dos grandes discursos anímicos que atraviesan las élites dirigentes chilenas. “Lo hacemos bien” y “la resiliencia o la energía” para levantarse frente a la adversidad.



La auto satisfecha y distante Concertación hace las cosas bien

El primer discurso es el de un cierto sector de la Concertación que sigue mirando “su obra” con una autocomplacencia que raya en la soberbia. Esto a pesar de la derrota electoral en la elección presidencial en que obtuvo sólo un cuarto de los votos, que ponderado en el total de potenciales votantes le da una representatividad aproximada del 15% de la población. Ante estos números -para una coalición que reúne a cuatro partidos “importantes”-, es evidente que deberían surgir preguntas profundas como ¿Qué estamos haciendo mal? ¿Por qué estamos tan lejos del electorado? ¿A quiénes estamos representando? Sin embargo la soberbia lleva a la sordera y a la ceguera y dificulta plantearse preguntas que puedan cuestionarse a sí mismo. Es lo que le pasa a la Concertación.

Ayer, 18 de septiembre de 2010, el ex presidente Ricardo Lagos señaló en una entrevista al periódico  El Mercurio, “Hoy, hay una percepción general de que las cosas se han hecho bien”, que es casi la misma frase con que Juan Gabriel Valdés, su ex canciller, defendió ante el Congreso la nueva campaña de imagen de Chile hacia el mundo, señalando que en “el extranjero hay una percepción de que Chile hace las cosas bien”.  Esta ha sido la frase slogan de numerosos dirigentes de la Concertación, particularmente de los que estuvieron en altos cargos de gobierno.

¿Cuáles son las cosas? ¿Percepción de quiénes? ¿Bien en relación a qué? ¿Quién sería Chile? Preguntas que surgen inmediatamente con una mínima mirada crítica, sobre todo ante el resultado electoral de diciembre y en el contexto del Bicentenario. Pero, hay que reconocer que es injusto pretender que un slogan responda preguntas racionales, cuando en realidad el objetivo es más bien instalar un estado de ánimo. ¿Quién habrá “vendido” ese estado de ánimo? ¿Cómo se creó?  ¿Quiénes lo comparten?  Un grupo de poder significativo: gobernantes, empresarios, tecnócratas, publicistas y lobistas, la élite del proyecto concertacionista del último tiempo.

Pero su representación es cada vez menor. Y en eso sí al slogan se le puede pedir más, porque su debilidad es que precisamente contribuye a generar más distancia con la enorme mayoría que disiente en cuáles son las “cosas” importantes, qué cuestionan “bien” porque no conocen el marco de referencia o el punto de comparación, qué no saben a qué Chile se refiere. Un slogan anímicamente excluyente, creado hábilmente por los narradores para celebrar su propia obra. 

La emergente y frágil pura energía del Gobierno

El otro discurso anímico queda bastante bien retratado en el nombre del acto pirotécnico  Bicentenario, implementado por el Gobierno en la Plaza de la Ciudadanía: “Pura energía, puro Chile”. El tema es amplio y más empático, y comienza a remplazar como sello al “Gobierno de excelencia”, tan parecido al slogan concertacionista, pero aparentemente imposible de reflejar en la realidad de los hechos. Hábil cambio y aprovechamiento de la oportunidad.

Dos hechos noticiosos marcaron este año, el terremoto de febrero y los mineros atrapados en la mina, hechos extraordinarios del año 2010 que se  transformaron en motivo central de las celebraciones “bicentenáricas”. A eso se sumaron banderas gigantes de tela y humanas, un largo feriado obligatorio  que vació las ciudades y un acto tipo Teletón en el Estadio Nacional, animado por el infaltable Don Francisco, para una celebraciones que parecieron más de Año Nuevo, que de Doscientos Años de vida independiente.

Doscientos años de historia parecieran haber convenientemente quedado en el olvido ante la omnipresencia del hecho noticioso de los mineros. Es imposible referirse a nuestros doscientos años, sin hablar de los últimos cuarenta. Pero también es difícil pararse frente a La Moneda, en una situación de conmemoración histórica y no recordar como primera imagen el bombardeo de 1973. Desde el punto de vista de la imagen, es como hacer un show de luces en Auschwitz y no recordar el campo de concentración. Probablemente con la intención de evitar el conflicto y la “mala onda” que contaminaría la “pura energía” se optó por el mínimo común denominador, aquellos que nos une a todos, y Condorito terminó de protagonista principal.

La palabra de moda, que ahora pareciera definir nuestra alma nacional, es resiliencia, esa capacidad de reaccionar que habrían demostrado los chilenos frente a la adversidad del terremoto y de la que dan cuenta los videos de los mineros que produce el gobierno. Cabe preguntarse, ¿Si no hubiésemos sufrido la tragedia que 33 seres humanos quedaran atrapados bajo tierra, de qué se habría tratado el Bicentenario?

Uno de los temas centrales del presidente Piñera es la Unidad, y pura energía parece ser su camino. Pero para avanzar en ese camino, se requiere más que una propuesta de emoción positiva. Todavía hay demasiado dolor, rabia y miedo contra los que puede chocar la “propuesta energética”.  Para mirar el futuro compartido es necesario abrirse a una conversación más verdadera y menos maqueteada, hacerse cargo del pasado, no negarlo.  Entre otras cosas porque las visiones que gestaron ese pasado, siguen latentes con todas sus cargas emocionales y memorias auto consolidadas.

Es bastante difícil que nos pongamos de acuerdo, pero por lo menos aspiremos a un país donde expresar una opinión con la que no estoy de acuerdo, no se sea motivo de descalificaciones e insultos, sino una oportunidad de ensanchar el espacio de las posibilidades. Si no, nos vamos a quedar en los mínimos comunes, y capaz que celebremos el tricentenario hablando de Condorito, las teleseries, el fútbol y algún nuevo terremoto.

domingo, 12 de septiembre de 2010

¿Cómo se decide la identidad nacional?


En medio de las celebraciones del Bicentenario, se lanzará la nueva campaña de Chile, para nuestro posicionamiento internacional. En una nota anterior dejé ver los riesgos del Slogan elegido, “Chile hace bien”, que se presta fácilmente para la ironía. Curiosamente la ironía no llegó desde los críticos, sino desde la propia campaña que celebra que Chile hace (las cosas) bien, cuando por un error de la agencia creadora, en una de su pieza gráficas centrales apunta a que “nuestro país es el destierro más árido del mundo”.

En esta nota quiero destacar otra de las piezas gráficas: el iceberg. Quizás algunos ya lo olvidaron, pero en Exposición Universal de Sevilla, la primera en que participó Chile luego que asumiera el gobierno el establishment emergente de la Concertación, el símbolo de nuestro pabellón fue un Iceberg. Hace casi veinte años el racional detrás del congelado símbolo, fue que necesitábamos separarnos del “tropicalismo” latinoamericano, que teníamos que hacer ver que nosotros éramos mejores que nuestros vecinos, más parecidos a Europa. Fue la elección consciente y clara de un grupo de ideólogos, publicistas y, hoy, lobistas, políticos y tecnócratas, para diseñar la narrativa de un país. El iceberg actual, el de “Chile hace bien”, es probablemente el símbolo del cierre de ese ciclo.

La narrativa propuesta está gastada, no es empática ni sensible, es poco creativa, casi por cumplir. Autocomplaciente, cae en el mismo error en que cayó la campaña presidencial de la Concertación: adularse a sí misma, la propia obra realizada, más que hablar del nuevo país que somos. Son los narradores oficiales, los guardianes del discurso felicitándose a sí mismos.

La campaña “Chile, hace bien” se pagará con el dinero de todos los chilenos. No es una campaña privada. Se presentó recientemente a la Comisión de Relaciones Exteriores del Parlamento, donde el mayor comentario, según informó El Mercurio, fue que había que darle más presupuesto.

En el año del Bicentenario, donde debiera estar presente la preguntas sobre nuestra identidad pasada, pero sobretodo la presente y futura, cabe preguntarse sobre la representatividad de la campaña. ¿Cómo se decide qué es lo que Chile quiere proyectar al mundo? En la Constitución el uso de los símbolos patrios es casi absurdamente restrictivo. ¿Cómo se explica en ese contexto el uso de la “imagen país” hacia el mundo? ¿Quiénes la deciden, quiénes se sientan a la mesa a decidir la narrativa oficial de Chile?

Para que haya unidad nacional, representación y sentido de pertenencia de todos, participación y cariño por nuestras instituciones y su gente es probable que haya que renovar y ampliar la mesa, pero sobretodo abrir las puertas y ventanas de la casa común.
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