martes, 23 de marzo de 2010

El terremoto de Jorge Ramos y Don Francisco

En Chile, en el hablar cotidiano, cuando algo trastoca el orden lógico o lo esperable, en la política o en el deporte o cualquier situación, se dice “esto es un terremoto”. Cuando algo es “un terremoto” rompe paradigmas, levanta preguntas y abre perspectivas y reflexiones inusuales para la comunidad o la sociedad en su conjunto.

Habitualmente, las catástrofes naturales o humanas abren espacios para preguntarse de manera más activa y penetrante. Recuerdo que en 1992, estaba en Nueva York, cuando los policías que habían golpeado brutalmente a Rodney King, fueron declarados “no culpables”, y estallaron las revueltas y saqueos en el South Central de Los Ángeles y muchos barrios pobres de Estados Unidos. Me llamó la atención, la radicalidad y la libertad de las conversaciones y debates que se instalaron en los medios de comunicación en los días posteriores: se hablaba del “fin del Sueño Americano”, de la pobreza escondida. América se miró profundamente y se abrió al cambio.

En menos de dos semanas, Estados Unidos modificó su imagen de potencia triunfante de la Guerra Fría y comenzó a surgir la de un país que tenía “en casa” los problemas sociales y humanos que pensaba que eran exclusivos del subdesarrollo. La reflexión sobre ese “terremoto social” fue sin duda uno de los puntos de inflexión de la campaña presidencial de 1992, y la transformación del contexto socio mediático fue un factor determinante en la victoria de Bill Clinton sobre George Bush.

Los desastres naturales también suelen instalar en las sociedades, momentos de debates profundos y cuestionadores. No sólo en Estados Unidos, como después de los Huracanes Andrew o Katrina, también en América Latina se recuerdan los intensos debates y reflexiones sobre el estado de la sociedad, después de los terremotos de Managua en 1972 y de la Ciudad de México en 1985, o del Huracán Mitch que desoló, en 1998, a Nicaragua y Honduras.

Por esto, quizás no es tan sorprendente que luego de visitar la zona del desastre en Concepción y recoger impresiones y testimonios, Jorge Ramos, destacado periodista y conductor de Univisión, escriba un artículo titulado “Dos Chile Tras el Sismo”, donde señala “que en realidad hay dos Chiles” y uno de ellos, el más pobre, apareció cuando el terremoto corrió el velo de la ilusión.

Lo que sí es sorprendente, es la respuesta de Mario Kreutzberger, el popular Don Francisco de Sábados Gigantes que descalifica de entrada las opiniones de Ramos. Aunque titula su nota “Con respeto”, a continuación de realizar una especie de autocrítica a la simplificación de sus opiniones en alguno de sus propios viajes a países en “situación de excepción”, concluye “me pregunté cuántas veces también me habré equivocado”.

El Mercurio, el diario conservador y más tradicional de Chile, destacó en primera plana “Don Francisco defiende a Chile”. En la nota Kreutzberger explica su reacción: “Si el artículo hubiese tocado a mi persona, no lo habría contestado. Esto no es sobre mí, es sobre Chile en el Terremoto”.

La respuesta de Don Francisco, es la reacción de uno de los íconos mediáticos e intocables del Chile actual, intentando con urgencia volver a colocar el velo que Jorge Ramos remueve o señala con su nota. Ese velo que se esfuerza por dejar traslucir sólo el pedazo de Chile casi desarrollado, exitoso, modelo en el manejo de la macroeconomía y en la fortaleza de sus instituciones, integrado a la OCDE y a todo el mundo. Paradojalmente quizás el chileno “más ciudadano del mundo”, que desarrolla con éxito su empresa de comunicaciones en Estados Unidos, es quién descalifica la opinión de un reconocido periodista por ser foráneo. Molesto, como argumento validador de sus opiniones, Kreutzberger señaló a El Mercurio: “Nací ahí, y tengo la percepción de mi pueblo”. 

La dificultad de conversar 

No se trata de quién tiene la razón. Si quién dice que no puede ser la presidenta de un país la que deba “decretar” si hay tsunami , o que los sistemas de alerta no funcionaron y costaron las vidas a cientos de personas, o que el bello aeropuerto de Santiago estaba diseñado para París donde no conocen los temblores, o que los saqueos fueron por desesperación o por codicia, o que los vecinos se hayan armado y encendido hogueras para protegerse de los asaltantes, o que miles de chilenos solidarios viajaron espontáneamente desde cientos de kilómetros hacia las zonas afectadas llevando ayuda, o que se recaudó una cifra record de ayuda en una “teletón” solidaria.

Lo importante, hasta por razones terapéuticas, es establecer la conversación, levantar las preguntas. El problema es que Chile tiene una auto percepción coagulada y defendida conscientemente por los administradores de imagen del modelo. Una imagen que se administra con mayor facilidad reposando sobre el pánico a disentir, al que tiene una visión diferente, al que cuestiona el estado de las cosas, al que hace preguntas más de fondo.

Las evidentes observaciones de Jorge Ramos, las obvias preguntas que surgen de las mismas, no están presentes en los medios de comunicación masivos de Chile. En la cobertura del terremoto, la televisión, se ha preocupado más de la mal llamada “nota humana”, que mantenga la sintonía a través del horror o de la gloria, que de buscar explicaciones, o de preguntarse y abrir perspectivas.

Los canales de televisión, y Don Francisco los defiende muy bien en su nota “se unieron en un maratónico programa que logró recaudar la cifra record de 75 millones de dólares”. La Teletón es desde hace décadas el “gran evento de unidad nacional”, símbolo estable, incuestionable e “incriticable” donde se unen durante 24 horas de cadena nacional los canales de televisión, políticos y deportistas, gente del espectáculo y de la empresa, sin distinciones en un solo Chile que anima Don Francisco.

Luego del terremoto, a petición de la ex presidenta Bachelet, se implementó rápidamente la fórmula. Junto con la recaudación de fondos, se restableció la normalidad. Los héroes de la independencia de Chile clamaban en la adversidad “Aún tenemos Patria, ciudadanos”, doscientos años después, el grito pareció ser “Aún tenemos Teletón –y mejor que nunca-“. Se reconstruyó uno de los símbolos de la sociedad espectáculo articuladora y validadora del velo mediático, se restableció la fé en la bondad solidaria de los chilenos amenazada por la crudas imágenes de los saqueos, la presidenta saliente, Bachelet, se abrazó con el presidente electo, Piñera, reconciliando a las dos opuestas coaliciones.

Pero de debate y conversaciones nada. Peligroso estado de silencio y bloqueo del diálogo, cuando se requiere desatar la creación e imaginación para renovar el desarrollo y devolver el impulso a regiones donde el desastre dejó pérdidas materiales por 30.000 millones de dólares. Donde el añejísimo centralismo chileno habla de hacerse cargo de la reconstrucción y ayuda, y los afectados tiemblan, esta vez por dentro. Es que este no es el primer gran cataclismo que sufre Chile, Valdivia en los sesenta sufrió el peor terremoto de la historia de la humanidad y nunca más volvió a incorporarse al desarrollo con la vitalidad de ante; Tocopilla que fue devastada por un terremoto hace cinco años, todavía es una ciudad de viviendas provisorias.

Pareciera que los chilenos, particularmente quienes detentan el poder de los medios de comunicación y los de ese “10% más acomodado que acumula más de la mitad del ingreso”, del que habla Jorge Ramos, pueden aceptar que se mueva la tierra y bote edificios, puertos y aeropuertos, pero no que bote la imagen de Chile que han construido.

Este terremoto real, a diferencia de aquel del habla popular chilena que todo lo cambia y lo transforma, se parece más a uno surgido de la filosofía de El Gatopardo, del escritor italiano Giuseppe di Lampedusa que dice “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”.

jueves, 18 de marzo de 2010

Líderes para construir un país

Por Francisca Aguilar González
Un 31 de octubre (2009) ingresé a una sala, eran cerca de 30 adolescentes, estudiantes de enseñanza media que provenían de esos espacios sociales llamados vulnerables. Sin consultar previamente qué significaba aquello en la práctica y tampoco tratando de imaginar realidades extremas o historias complejas, nos conocimos. El primer ejercicio fue mirarnos a los ojos sin excusas ni definiciones, pero si con mucha libertad.

Ellos integraban el “Programa Educadores Líderes” de la Universidad de Santiago de Chile. Eran jóvenes que sobresalían dentro de la comunidad escolar por ser líderes, por aquella distinción que los hacía aparecer con una energía potente o distinta a sus pares. Estando en aquella sala, ese sábado de octubre, era necesario empatizar, ir más allá de lo que la vida nos ha posibilitado hacer de manera individual y descubrir esa forma de liderar que actúa hacia un bienestar común.

Un liderazgo en construcción
Ciertamente experimentar una realidad nos permite un nivel mayor de empatía, ya sea al crear una estrategia de intervención o al imaginar una posible solución, pues ambas serán más cercana hacia las personas que van dirigidas.

La experiencia que nos entrega estar con el “otro” o los “otros” desde una relación humana, distinguida como un ejercicio basado en la escucha “presente”, la observación y la empatía, nos entrega una vivencia emocional, de contenido y de hechos concretos que ayudará sin duda a imaginar qué es eso que buscan o necesitan descubrir las personas, en su hacer, en su cotidianidad.

Intervenir desde un liderazgo que vaya en pro de fortalecer los proyectos comunes, individuales y por construir, es la visión de un líder que comprende lo que requiere una comunidad humana que imagina en torno a sus sueños, deseos y frustraciones por disipar.

Aquí, al igual que en la frase “el mensajero no importa”, el líder no es el centro de todo proceso, por el contrario, su papel es revelarles a las personas la capacidad innata y la fuerza que vive en ellas, ya sea al momento de vincularse y hacer posibles sus proyectos de vida, laborales y humanitarios.

Por años los líderes fueron vistos como pequeños “héroes”, seres especiales y protagonistas de los cambios, sin embargo si observamos bien, los cambios son el resultado de la fuerza que logran las personas al trabajar unidas para y por un objetivo común, es más, sin personas no hay líder, su figura se sustenta desde la existencia de los “otros”.

Ahora un líder que advierte su capacidad y rol, comprenderá que puede vincular, potenciar y dar sentido a la existencia humana. El valor de su intervención surge cuando las personas descubren que desde sus acciones, lo que parece “imposible” puede ser posible.

Es sabido que lo que nos impide pensar en lo “posible”, es el discurso instalado de que las “cosas seguirán siendo como han sido hasta hoy”, ello siembra la frustración y por ende, paraliza las acciones o movimientos que permitan cambiar una situación para dar paso a una nueva y mejor.

Hechos como el Plebiscito de 1988 en Chile, el ingreso de la mujer al mundo laboral o el poder hablar de violencia intrafamiliar, explotación infantil y homosexualidad en Latinoamérica, revelan que previamente existió una comunidad, un grupo humano que buscó generar cambios, integración y establecer conversaciones que por largos años estuvieron “escondidas” por otros grupos humanos.

La tarea del líder actual es distinguir, fortalecer y crear comunidades humanas. Para ello el líder debe buscar e identificar como “gran observador” las prácticas utilizadas por los seres humanos al relacionarse. Si hacemos el ejercicio, surgen tres prácticas habituales: el conversar, la necesidad de ser escuchados y la búsqueda del bienestar, tres acciones que permiten sabernos en el mundo junto a “otros”, anunciar qué deseamos y nuestra razón de vida respectivamente.

Es por ello que las distinciones son vitales al momento de trabajar junto a los grupos humanos. Es más, si el líder descubre cómo se comunica un determinado grupo, logrará saber qué buscan, cómo vincularlos entre sí y qué es “eso” que necesitan reforzar para coincidir como comunidad.

En conclusión, diremos que el líder de hoy ya no es el “patrón”, “la autoridad” o “el animador”, sino más bien una persona que sintoniza, que observa al ser humano, alguien dispuesto a escuchar y que de manera brutal se siente inspirado por esa potencia que vive en cada una de las personas, seres que al lograr comunión pueden cambiar el rumbo de las cosas a su favor.

Aquí no hay destino, sólo una vida por escribirse.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Red-real de ayuda


Increíble despliegue, con gran movimiento en la red, muchos grupos en Facebook sumaban y sumaban iniciativas todas con la misma motivación, especificando cada una un área de colaboración o lugar geográfico al que llegaría la ayuda. Todas las redes sociales alineadas con la causa, un creador y rápidamente muchos miembros o seguidores, todos con el mismo sentir.
La convocatoria era igual en todas las iniciativas, tenia el mismo llamado a ayudar y había muchos interesados en ser parte. Rápidamente se organizaba esta comunidad creada virtualmente, acordaban lugares de entrega o se solicitaba voluntariado. La coordinación e incorporación de miembros fue a través de la red, pero sólo era real la colaboración cuando se encontraban, cuando comenzaba un viaje hacia el lugar devastado o cuando se reunían a acordar nuevos movimientos, la real comunidad de ayuda se estableció cuando se conocían los participantes de la virtualidad, se miraban a la cara y sentían la complicidad por el mismo propósito: ayudar.
Esta proliferación de grupos, páginas, causas, uso de las redes sociales disponibles para unir un país largo y angosto, fue a causa del desastre natural que vivimos muchos chilenos. Todos conmovidos y con iniciativa de ir en ayuda desde las posibilidades de cada uno.

Las característica de cada red social aportaba desde su propia perspectiva, twitter se transformó en el mayor informador, los twitteros también eran reporteros e informantes de lo que sucedía cerca de su ubicación geográfica, comentaban sobre las réplicas, pedían ayuda y mantenían al tanto de lo que ocurría en los lugares a los cuales aun no llegaba ni prensa ni gobierno. Toda una red en torno a un desastre natural. Máxima utilización de las tecnologías y herramientas disponibles para acercar y acompañar.
La red Youtube se transformó en una muestra vivencial de la experiencia de muchas personas que subían videos de lo vivido, del momento del terremoto o del tsunami. Mostrando la magnitud del movimiento telúrico, del impacto del mar sobre una ciudad y de la desesperación de las personas. Compartir las emociones y mostrar a través de una cámara todo aquello que se movía alrededor. Trasladar al observador del video hacia otra realidad y lugar.

Las redes sociales que han tenido un largo periodo de auge, de presencia y visibilidad por su enorme capacidad de unión, vinculación y coordinación, en esta ocasión cumplieron su propósito. Muchas personas se reunieron y viajaron juntas, personas que mucho, poco o nada se conocían, pero sentían que en este momento las unía un deber ciudadano y humano.

Compromiso Real - Virtual

En general, al crear un grupo o tratar de generar una comunidad utilizando alguna red social o plataforma web para su realización, canalizamos todas nuestras energías, sueños y esperanzas en que será un aporte, que generará un interés o que por lo menos tendrá algún seguidor interesado en lo que va desarrollándose o publicando.

Existe un seguimiento fantasma que se da en la red, hay personas que apoyan, muchas que siguen y que se comprometen a asistir a un evento. En la realidad las personas no cumplen con los compromisos que pactaron por internet, el apoyo virtual se convierte en “un estoy de acuerdo”, pero no en un “me comprometo con la iniciativa”.

Este seguimiento fantasma tiene muchas causas y comparándolo con lo que provocó en las personas el terremoto reciente, podemos deducir que este tipo de seguimiento se debe a falta de interés, de motivación y de sentirse “parte de”. El ser partícipe de algo, haber vivido lo mismo, ser parte de aquel miedo colectivo que se detonó instantáneamente para todos en un día, hora y a lo largo de seis regiones, es lo que mueve. Mueve el vivir y sentir lo mismo, mueve el poder ayudar al observar que otras personas quedaron desoladas y devastadas con un terremoto al cual se le sumó un tsunami. Mueve el pensar “pude haber estado ahí”. Comparativamente esta comunidad tiene mucha más fuerza, los lazos y objetivos de cada una de las personas que la componen son los mismos.

Pasar del seguimiento fantasma a un seguimiento real, pasar de ser un visitante a un recurrente, ser un ciudadano y dejar de ser extranjero en participación en tu propio país. Con la necesidad de reunión, de ver al otro para comprender que es lo que sucede en la vida del otro.  
Las comunidades virtuales son mas bien un sistema de interacciones en las que podemos participar, por la necesidad de opinar o de comentar. Existen pocas comunidades virtuales que unen, que establecen objetivos colectivos y que generan acción. La gran mayoría tiene explosivas y numerosas visitas al comienzo, entusiasman y motivan, pero al pasar los días, semanas y meses se van haciendo escasas las visitas, se transforma en un diario de vida, de pensamientos o de conocimientos adquiridos, se transforma en un medio de opinión pero no de debate, en un espacio inexistente que es levantado por la voluntad y deseo de una persona.

Las comunidades reales tienen la potencia de la reunión de las personas, la eficacia de la conversación, la fortaleza de crear acuerdos, el poder de observar la emoción del otro y la capacidad y energía de realización. Para construir una casa se requiere personas trabajando en ello, coordinando y consensuando. Para formar una familia se necesitan personas conformándola. Para reconstruir una ciudad, se necesitan a muchas personas construyendo, guiando, trasladando y escuchando. 

Por Mariluz Soto Hormazábal


lunes, 22 de febrero de 2010

El peso de las declaraciones


Por Ricardo Higuera Mellado

Cuando lentamente comenzaba el fin de una nueva celebración de cumpleaños, los diez amigos que quedaban para compartir con el festejado, se sentaron a descansar luego de haber bailado, alegres y entusiastas, y de haber conversado de una y mil cosas –dentro de las posibilidades que daba el alto volumen de la música-. Como suele suceder, pequeños grupos comenzaron a articular una conversación. Se reconocieron y comenzaron a entablar un diálogo bajo un lenguaje común, con determinados códigos, intereses y puntos de vista. Algunos recordaban episodios de la fiesta; otros, que se conocían hace muchos más años, hablaban de sus días en el colegio o de los pendientes que tenían en su trabajo para la semana entrante.

Sin embargo, uno de los que estaba ahí esta noche, se quedó sentado en un sofá, solo, mientras bebía los últimos sorbos de lo que parecía ser una bebida desvanecida. El ambiente seguía relajado, con carcajadas cada cierto rato, con algunas canciones que sonaban más fuerte y con los pocos pasos que algunos asistentes se a atrevían a dar luego de horas de baile. El invitado “automarginado”, comenzó a mirar con más interés a los distintos grupos, a ver de qué forma podía ingresar a alguna de esas conversaciones. Pero no lo conseguía. Se acercaba a un grupo, observaba, escuchaba y luego se iba a otro. Luego de pasar por todos, y sin hablar, decidió volver a su sillón. La celebración seguía, pero él no lograba integrarse. Quizás un poco frustrado, se paró abruptamente del sofá, fue hasta el equipo de música y, sin previo aviso, bajó el volumen a cero.

Ante tan brusco cambio de escenario, en muchos grupos se interrumpió la charla. Se comenzaron a mirar en busca de una explicación. Hasta que el invitado tomó la palabra: “Miren, la verdad a mí no me interesa si lo que les voy a decir les molesta o no. Pero yo soy así y al que le guste bien. Al que no, se aguanta”. Primera declaración. “Algunos me conocen y saben cómo soy. El resto no me interesa, pero si tengo algo que decir, lo digo y listo”. Segunda declaración. “No me gusta que haya grupos separados si estamos todos celebrando. Creo que eso genera mala onda y no me siento cómodo”. Tercera declaración. Y final.

Para algunos de los que estaban en la celebración, ésas tres declaraciones fueron la carta de presentación de este invitado. Era primera vez que lo veían, que compartían con él un espacio tan especial e íntimo como un festejo. Era la primera vez que se enfrentaban a alguien que optaba por ese comportamiento para dar a conocer sus puntos de vista. Y como era de esperar, para gran parte de ellos, incluido el homenajeado, se produjo una situación inesperada e incómoda.

Los seres humanos utilizamos las declaraciones para establecer nuestra posición en el mundo. Desde lo que argumentamos como parte de nuestra estructura física, mental, sentimental o de experiencias vividas, vamos construyendo nuevos escenarios, estableciendo nuevas relaciones, articulando nuevas conversaciones o dejando de lado aquellos espacios y personas que escapan de lo que nuestros objetivos e intereses.

Autores como Rafael Echeverría -en su libro “Ontología del Lenguaje”- han abordado el poder de las declaraciones, agrupándolas en seis: la declaración del sí, del no, de la gratitud, de la ignorancia, del amor y del perdón. Cada una de ellas implica una revelación de la constitución de hombres y mujeres; cada una de ellas permite mostrarnos tal cual somos y qué es lo que pensamos respecto de distintos aspectos de la vida humana.

A través de las declaraciones se van generando códigos de relación que cobran mayor o menor fuerza dependiendo de las comunidades a las que están dirigidas o de las situaciones en las que se realizan. Y esta característica determina los niveles de comportamiento que vendrán a futuro.

Las declaraciones tienen una potencia muchas veces no considerada. Y ahí está, tal vez para muchos, el punto central. Así lo expresa Echeverría en su texto, al declarar: “Después de haberse dicho lo que se dijo, el mundo ya no es el mismo de antes. Éste fue transformado por el poder de la palabra”. Este análisis nos lleva a pensar que no basta con pararse frente al mundo –o ante pequeñas comunidades, como en este caso - y hacer declaraciones sin tener conciencia de los efectos que pueden tener. Es importante saber que en la medida en que se hacen declaraciones de cualquier tipo, estamos transformando el mundo propio y el que estamos compartiendo diariamente.

Luego de estas tres declaraciones, se generó un silencio generalizado y los invitados cruzaron miradas, tratando de encontrar una forma de salir de esa incómoda situación. Se generó una nueva realidad a partir de lo que ese invitado dijo. Algunos se molestaron; otros, en tanto, no hicieron mayor caso y decidieron continuar con las conversaciones que habían comenzado minutos antes de la interrupción. Y esto se relaciona íntimamente con lo que argumenta Echeverría: “… para hacer determinadas declaraciones es necesario tener la debida autoridad. Sin que tal autoridad haya sido concedida, estas declaraciones no tienen validez y, por lo tanto, no tienen tampoco eficacia”.

El inesperado episodio se convirtió en una situación embarazosa, que sólo pudo ser revertida por el festejado, la persona más autorizada para intervenir. Se acercó a hablar a su amigo y luego de un par de minutos, el invitado llegó con una disposición distinta, pidió disculpas por el exabrupto y se dio el trabajo de encontrar puntos de conexión que le permitieron entablar distintas conversaciones en lo que fue quedando de esa celebración.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Una conversación invisible habita entre nosotros

Por Francisca Aguilar González

Imaginemos y experimentemos con atención nuestro cuerpo
A lo lejos vemos que viene hacia nosotros una persona que ubicamos o que conocemos por esas casualidades de la vida.

Posibles razones: Porque vive en el barrio. Porque compramos el mismo café con una gota de leche todas las mañanas en el Restauran El Paseo y luego tomamos el metro a las 9:00 de la mañana. Porque suele aparecer y desaparecer de mi ventana cada vez que saca a pasear a su perro todas las noches cuando me dispongo a cenar o sencillamente, porque todos los sábados por la mañana compramos chirimoyas en la verdulería colorida de calle Bellavista.

Sin saber la razón o el motivo, e independientemente de las circunstancias cotidianas indicadas, cada vez que vemos a esa persona, algo sucede en nosotros. El cuerpo comienza a cambiar su “estado” de quietud. El ritmo cardiaco se agita, la respiración se acentúa, las fosas evidencian contracciones cíclicas. El tono muscular del rostro reúne nuestras cejas, la rigidez de la mandíbula se transporta hacia el cuello y las extremidades. La sangre fluye llenando cada espacio, preparándonos para un ataque que es evidentemente innecesario. Todo parece fluir de manera rápida y sin saberlo o identificarlo, hemos comenzado a experimentar la emoción de la rabia.

Después de sucedido el “acercamiento” que provocó dicho huracán en nuestro interior y exterior, nos quedamos pensando porqué aquella persona nos agita y transforma nuestro estado de “tranquilidad” en uno de “alerta”.

Las historias van conformando parte de nuestra memoria emocional, que es forjada desde nuestro relacionar con “otros” seres humanos, quienes a su vez de manera integrada e individualmente asimilan o experimentan “estados” emocionales que pueden “revivirse” si nos hallamos en una situación que nos conecte con una historia similar.

Es posible que esa persona que vemos caminar hacia nosotros, sea parte de una vivencia compartida o quizás lo proyectado por ella nos conecte con una instancia compleja donde la “rabia” fuera nuestra emoción dominante.

Las emociones –en el caso de las denominadas “básicas”- vienen con el ser humano, son universales, están en cada uno de nosotros sin discriminación, no las aprendemos ni las creamos desde la experiencia cultural, sólo están. Aquí la alegría, la rabia, la tristeza, el miedo, el erotismo y la ternura, son parte de nuestra configuración como seres vivos, determinando nuestra forma de estar en el “presente” y ese “cómo” comunicarnos con el mundo.

La conversación invisible
Al leer a Susana Bloch, una estudiosa de las emociones y creadora del método Alba Emoting, se descubre algo potente y clarificador que puede ayudarnos a entender aún más la naturaleza humana. Bloch precisa que cada emoción, en cierto grado, es necesaria y válida, e incluso – y lo más importante- debe ser vivida como tal.

Muchas veces ocurre que al sentirnos tristes o acongojados, buscamos algún amigo para conversar, de un momento a otro las lágrimas surgen y nos sorprendemos llorando, cuál suele ser la respuesta inmediata de nuestro interlocutor: “no llores, debes estar tranquilo”. Error. Las emociones deben vivirse. Si logramos “llorar” y canalizar aquello que sentimos, entonces más rápido saldremos de la tristeza. En cambio si reconocemos una emoción que nos brinde bienestar, será óptimo mantenerla en el tiempo.

¿Por qué otra razón son importantes las emociones?, ellas tienen el rol y capacidad de “comunicar”. Una conversación entre dos personas o más no sólo está determinada por las palabras, su contenido e intencionalidad, ni por las conductas que los individuos tomen a partir de este ejercicio, sino también por dicha “conversación invisible” que se expresa mientras interactuamos o al conseguir esa “coincidencia” que ofrece el conversar.

La conversación invisible es el conjunto de emociones que están presentes al momento de comunicarnos, están en el ambiente y son proyectadas por quienes se están comunicando. Es decir, si las personas interactúan, las emociones también lo hacen, algunas -emociones- logran coincidir o empatizar entre si, otras llevan al desencuentro o a la imposibilidad de “acuerdos” entre los individuos.

En este caso para lograr un proceso donde ambos o más personas se sientan integradas al momento comunicacional que las ha reunido, es necesario una sensibilidad, observación y consideración para reconocer, distinguir e identificar esa melodía emocional que se instala cuando se comunican. Al percibirla, al ver aquello que sin ser material determina nuestra forma de empatizar y de entender a la persona que comparte un momento de intercambio y fusión con nosotros, es cuando comprendemos el poder, sentido y valor de las emociones.

Sin duda, las emociones modelan nuestro estar en el mundo. Ejemplo de ello son los niños que de manera natural “ríen” unas trecientas veces sin parar, de todo y por todo durante el día, mientras los adultos “sonríen” más de cien veces al día y los menos alegres unas quince veces. Ciertamente un niño y un adulto son distintos, con vivencias, tiempos e historias examinadas desde una comprensión propia de las edades. Sin embargo ambos traen consigo la capacidad de estar “alegres” y con ello intervenir su fisiología. Es más, reírnos a carcajadas produce endorfinas que suelen calmar nuestros apremios y nos brindan una sensación de bienestar. Retomamos la pregunta nuevamente: ¿por qué otra razón son importantes las emociones?.

La presencia inevitable de las emociones y su observación nos permiten el cocimiento de la naturaleza humana, de ese entorno lejano, cercano y de nosotros mismos. La emoción aquí se transforma en un canal de conocimiento, de modelación, de una lectura profunda sobre lo que sucede en este “presente” donde logramos comunicarnos, tu y yo, nosotros en una reunión para alcanzar un acuerdo, para percibir en qué estado se encuentra una comunidad y qué melodía emocional componer para saltar los obstáculos y hacer surgir la potencia humana.

martes, 9 de febrero de 2010

Identidad en las comunidades virtuales y sus redes

por Mariluz Soto Hormazábal

I. Comunidades virtuales

Las comunidades virtuales son el gran actor de la época, con posibilidades virtuales de expansión, se han convertido en nuestros nuevos ojos, oídos y boca, nos expresamos a través de ellas, decimos lo que estamos pensando o qué está pasando.
Extensión de nuestros sentidos, mouse, teclado, pantalla, aplicaciones virtuales, post o comentarios, un nuevo lenguaje que configura el habitar en la red, pertenecer a una comunidad de interacción de usuarios, en el que el objetivo común es sólo estar en la misma red.
Las comunidades virtuales son un proceso de comunicación entre las personas, es la capacidad de ser más allá que sólo un visitante u observador pasivo, la posibilidad de comentar, participar, manifestar un interés, encontrarse con otras personas con igual preferencia o gusto en el espacio virtual.
La preocupación por la construcción de una comunidad que utilice de manera eficiente la tecnología y la apertura a los nuevos canales de comunicación, ya era una preocupación en el año 1999, con el libro “Comunicología: de la aldea global a la comunidad global”, Mauricio Tolosa anticipó que la oportunidad que nos ofrece la tecnología actual de construir una humanidad que celebre la diversidad y que vea en el otro una oportunidad de desarrollo, podría pasar a ser una utopía nostálgica, si no ponemos atención a los procesos de comunicación entre las personas.
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