miércoles, 29 de septiembre de 2010

Acciones, coordinaciones y reconfiguración


Caminar, comer, escribir, leer, reír, llorar son acciones determinadas que hacemos a diario sin tener la plena conciencia del movimiento de las piernas al caminar o de las manos y boca para comer o el imparable horizontalismo de los ojos al leer, tampoco tomamos consciencia de los músculos como modifican su forma al reír o al llorar. Esta acción es el “producto final” de la serie de transmisiones nerviosas que van desde el cerebro, que da la instrucción, hasta el musculo, que la recibe, esta coordinación, este sistema de mensajes que determinan la movilidad es lo que nos permite “estar normal”.
Recientemente aprendí sobre el poder del cerebro, conociendo enfermedades autogeneradas, consecuencia de una instrucción exagerada del sistema nervioso central, reaccionando quizás ante una potencial amenaza, se convierte en un peligro para el resto del organismo, los músculos sobrerreaccionan y crean un impacto tan potente que resiente su consistencia normal, provocando consecuencias mayores, que en algunos casos, demora meses la recuperación.
Las coordinaciones erradas, dañan el ritmo y el fluir de las acciones, seguir sólo una instrucción sin razonar es lo que nos distancia de las máquinas, las que mediante una programación configuran las coordinaciones y las consecuentes acciones. Cuando hay problemas, la solución es “reset” y volvemos a configurar nuestro sistema establecido artificialmente. En el caso del cuerpo humano, los impulsos nerviosos son movimientos y transacciones automáticas que van acumulando memoria y adaptaciones según los cambios percibidos, generan automáticamente nuevas configuraciones, no producto de un razonamiento orgánico ni molecular, sino que en base a la articulación de combinaciones coherentes.
Evidentemente en nuestros procesos naturales y biológicos, las experiencias e interacciones nos van dando esa configuración que compone nuestro estar y hacer. Las coordinaciones forman parte del desarrollo y crecimiento, por ejemplo, los bebés aprenden del  entorno próximo – la familia-  caminar está compuesto por imitaciones de movimientos, conductas e impulsos nerviosos que se coordinan. Aprender a hablar, son coordinaciones de lengua, mandíbula y crecimiento de la dentadura que permite la resonancia necesaria para que la unión de las frecuencias sonoras formen los sonidos que componen las palabras.
Todas estas coordinaciones normales son desarrolladas por lo que entrega el entorno, la interacción que se establece con él y la configuración de los genes en su conjunto es lo que genera la capacidad de procesar, adaptar y reconfigurar la información genética. Las acciones son la consecuencia de un proceso consciente e inconsciente de nuestro organismo.

Acciones, escencia del hacer

Las acciones son la esencia del hacer, cuando pasamos desde el pensar al actuar es cuando se concretan las ideas, es el momento en que se hace real y tangible la brillantez de los pensamientos y del proceso creativo. Es cuando la materia gris se transforma en tornasol. 
El proceso creativo es una secuencia de pensamientos y acciones que van modificando y replanteado el hacer y pensar. Todo proceso necesita un tiempo de decantación y evaluación, tal como aprender a caminar, no es algo inmediato, aunque la intención existe si no hay un proceso de gateo o de caídas repetidas, es difícil conseguir la postura erguida y equilibrada para dar los pasos. Es requisito pasar por la consciencia de los movimientos, para que las coordinaciones se configuren y permitan la fluidez de los actos ya aprendidos.

Espacio de distinciones

Las distinciones de los sentidos, por ejemplo, nos va dejando una huella en la historia de nuestras vidas, al sentir un aroma por primera vez lo internalizamos dentro de nuestro catálogo de experiencias vividas. 
Posteriormente ya no nos impresionará, quizás evocará algún momento determinado pero ya no analizaremos aquel aroma que tenemos agregado en nuestro recuerdo. En lo que contribuirá es en distinguir entre un aroma y otro, porque está dentro de nuestra memoria percibida. 
La impresionante perfección del cuerpo humano, como sistema de coordinaciones permite que las acciones sean coherentes, permiten movimiento y funcionamiento. Da los espacios para incorporar nuevas distinciones, es flexible y adaptable, es integrador y dispuesto a buscar nuevos caminos si ve obstruido el funcionamiento normal. 
Aun con todas las virtudes, el cuerpo humano requiere de la interacción y de la exposición, necesita crear lo anticuerpos para defenderse, sus procesos son potenciados y facilitados por la experiencia y la capacidad de almacenar episodios para formular las soluciones. 
La inconsciencia de los movimientos es producto de la experiencia adquirida, tomar consciencia de los actos requiere concentración y capacidad de distinguir entre uno y otro. Al tener que modificar alguna acción o funcionamiento del cuerpo es cuando nos damos cuenta de la cantidad de acciones que se ejecutan instantáneamente para llevar a cabo un movimiento.
Así es como nos movemos en nuestro hacer diario, lo que hacemos o con quienes interactuamos van modelando nuestra manera de ser, de vivir y de actuar. El proceso de creación casi no es percibido por etapas individuales, es un conjunto de pensamientos y de acciones que han determinado nuestros procesos, en este caso mentales. La manera en que conversamos con otros  es parte de lo que define nuestra identidad dentro de una comunidad. La manera en que nos vestimos, es el resultado del conjunto de interacciones con otros, la configuración de nuestras familias, de nuestra sociedad, cultura o religión. 
Somos un cuerpo que interactúa por dentro y por fuera en un sistema de coordinaciones que deben combinarse coherentemente, en el interior no tenemos plena consciencia y dominio de los procesos, en el exterior somos quienes decidimos y definimos nuestro hacer.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Los discursos anímicos y slogans de las élites del Bicentenario

 En el Bicentenario se han manifestado, con diferente fuerza, dos grandes discursos anímicos que atraviesan las élites dirigentes chilenas. “Lo hacemos bien” y “la resiliencia o la energía” para levantarse frente a la adversidad.



La auto satisfecha y distante Concertación hace las cosas bien

El primer discurso es el de un cierto sector de la Concertación que sigue mirando “su obra” con una autocomplacencia que raya en la soberbia. Esto a pesar de la derrota electoral en la elección presidencial en que obtuvo sólo un cuarto de los votos, que ponderado en el total de potenciales votantes le da una representatividad aproximada del 15% de la población. Ante estos números -para una coalición que reúne a cuatro partidos “importantes”-, es evidente que deberían surgir preguntas profundas como ¿Qué estamos haciendo mal? ¿Por qué estamos tan lejos del electorado? ¿A quiénes estamos representando? Sin embargo la soberbia lleva a la sordera y a la ceguera y dificulta plantearse preguntas que puedan cuestionarse a sí mismo. Es lo que le pasa a la Concertación.

Ayer, 18 de septiembre de 2010, el ex presidente Ricardo Lagos señaló en una entrevista al periódico  El Mercurio, “Hoy, hay una percepción general de que las cosas se han hecho bien”, que es casi la misma frase con que Juan Gabriel Valdés, su ex canciller, defendió ante el Congreso la nueva campaña de imagen de Chile hacia el mundo, señalando que en “el extranjero hay una percepción de que Chile hace las cosas bien”.  Esta ha sido la frase slogan de numerosos dirigentes de la Concertación, particularmente de los que estuvieron en altos cargos de gobierno.

¿Cuáles son las cosas? ¿Percepción de quiénes? ¿Bien en relación a qué? ¿Quién sería Chile? Preguntas que surgen inmediatamente con una mínima mirada crítica, sobre todo ante el resultado electoral de diciembre y en el contexto del Bicentenario. Pero, hay que reconocer que es injusto pretender que un slogan responda preguntas racionales, cuando en realidad el objetivo es más bien instalar un estado de ánimo. ¿Quién habrá “vendido” ese estado de ánimo? ¿Cómo se creó?  ¿Quiénes lo comparten?  Un grupo de poder significativo: gobernantes, empresarios, tecnócratas, publicistas y lobistas, la élite del proyecto concertacionista del último tiempo.

Pero su representación es cada vez menor. Y en eso sí al slogan se le puede pedir más, porque su debilidad es que precisamente contribuye a generar más distancia con la enorme mayoría que disiente en cuáles son las “cosas” importantes, qué cuestionan “bien” porque no conocen el marco de referencia o el punto de comparación, qué no saben a qué Chile se refiere. Un slogan anímicamente excluyente, creado hábilmente por los narradores para celebrar su propia obra. 

La emergente y frágil pura energía del Gobierno

El otro discurso anímico queda bastante bien retratado en el nombre del acto pirotécnico  Bicentenario, implementado por el Gobierno en la Plaza de la Ciudadanía: “Pura energía, puro Chile”. El tema es amplio y más empático, y comienza a remplazar como sello al “Gobierno de excelencia”, tan parecido al slogan concertacionista, pero aparentemente imposible de reflejar en la realidad de los hechos. Hábil cambio y aprovechamiento de la oportunidad.

Dos hechos noticiosos marcaron este año, el terremoto de febrero y los mineros atrapados en la mina, hechos extraordinarios del año 2010 que se  transformaron en motivo central de las celebraciones “bicentenáricas”. A eso se sumaron banderas gigantes de tela y humanas, un largo feriado obligatorio  que vació las ciudades y un acto tipo Teletón en el Estadio Nacional, animado por el infaltable Don Francisco, para una celebraciones que parecieron más de Año Nuevo, que de Doscientos Años de vida independiente.

Doscientos años de historia parecieran haber convenientemente quedado en el olvido ante la omnipresencia del hecho noticioso de los mineros. Es imposible referirse a nuestros doscientos años, sin hablar de los últimos cuarenta. Pero también es difícil pararse frente a La Moneda, en una situación de conmemoración histórica y no recordar como primera imagen el bombardeo de 1973. Desde el punto de vista de la imagen, es como hacer un show de luces en Auschwitz y no recordar el campo de concentración. Probablemente con la intención de evitar el conflicto y la “mala onda” que contaminaría la “pura energía” se optó por el mínimo común denominador, aquellos que nos une a todos, y Condorito terminó de protagonista principal.

La palabra de moda, que ahora pareciera definir nuestra alma nacional, es resiliencia, esa capacidad de reaccionar que habrían demostrado los chilenos frente a la adversidad del terremoto y de la que dan cuenta los videos de los mineros que produce el gobierno. Cabe preguntarse, ¿Si no hubiésemos sufrido la tragedia que 33 seres humanos quedaran atrapados bajo tierra, de qué se habría tratado el Bicentenario?

Uno de los temas centrales del presidente Piñera es la Unidad, y pura energía parece ser su camino. Pero para avanzar en ese camino, se requiere más que una propuesta de emoción positiva. Todavía hay demasiado dolor, rabia y miedo contra los que puede chocar la “propuesta energética”.  Para mirar el futuro compartido es necesario abrirse a una conversación más verdadera y menos maqueteada, hacerse cargo del pasado, no negarlo.  Entre otras cosas porque las visiones que gestaron ese pasado, siguen latentes con todas sus cargas emocionales y memorias auto consolidadas.

Es bastante difícil que nos pongamos de acuerdo, pero por lo menos aspiremos a un país donde expresar una opinión con la que no estoy de acuerdo, no se sea motivo de descalificaciones e insultos, sino una oportunidad de ensanchar el espacio de las posibilidades. Si no, nos vamos a quedar en los mínimos comunes, y capaz que celebremos el tricentenario hablando de Condorito, las teleseries, el fútbol y algún nuevo terremoto.

domingo, 12 de septiembre de 2010

¿Cómo se decide la identidad nacional?


En medio de las celebraciones del Bicentenario, se lanzará la nueva campaña de Chile, para nuestro posicionamiento internacional. En una nota anterior dejé ver los riesgos del Slogan elegido, “Chile hace bien”, que se presta fácilmente para la ironía. Curiosamente la ironía no llegó desde los críticos, sino desde la propia campaña que celebra que Chile hace (las cosas) bien, cuando por un error de la agencia creadora, en una de su pieza gráficas centrales apunta a que “nuestro país es el destierro más árido del mundo”.

En esta nota quiero destacar otra de las piezas gráficas: el iceberg. Quizás algunos ya lo olvidaron, pero en Exposición Universal de Sevilla, la primera en que participó Chile luego que asumiera el gobierno el establishment emergente de la Concertación, el símbolo de nuestro pabellón fue un Iceberg. Hace casi veinte años el racional detrás del congelado símbolo, fue que necesitábamos separarnos del “tropicalismo” latinoamericano, que teníamos que hacer ver que nosotros éramos mejores que nuestros vecinos, más parecidos a Europa. Fue la elección consciente y clara de un grupo de ideólogos, publicistas y, hoy, lobistas, políticos y tecnócratas, para diseñar la narrativa de un país. El iceberg actual, el de “Chile hace bien”, es probablemente el símbolo del cierre de ese ciclo.

La narrativa propuesta está gastada, no es empática ni sensible, es poco creativa, casi por cumplir. Autocomplaciente, cae en el mismo error en que cayó la campaña presidencial de la Concertación: adularse a sí misma, la propia obra realizada, más que hablar del nuevo país que somos. Son los narradores oficiales, los guardianes del discurso felicitándose a sí mismos.

La campaña “Chile, hace bien” se pagará con el dinero de todos los chilenos. No es una campaña privada. Se presentó recientemente a la Comisión de Relaciones Exteriores del Parlamento, donde el mayor comentario, según informó El Mercurio, fue que había que darle más presupuesto.

En el año del Bicentenario, donde debiera estar presente la preguntas sobre nuestra identidad pasada, pero sobretodo la presente y futura, cabe preguntarse sobre la representatividad de la campaña. ¿Cómo se decide qué es lo que Chile quiere proyectar al mundo? En la Constitución el uso de los símbolos patrios es casi absurdamente restrictivo. ¿Cómo se explica en ese contexto el uso de la “imagen país” hacia el mundo? ¿Quiénes la deciden, quiénes se sientan a la mesa a decidir la narrativa oficial de Chile?

Para que haya unidad nacional, representación y sentido de pertenencia de todos, participación y cariño por nuestras instituciones y su gente es probable que haya que renovar y ampliar la mesa, pero sobretodo abrir las puertas y ventanas de la casa común.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

La nueva imagen: “Chile is good for you”


“Chile is good for you” es el nuevo slogan que ordena el rediseño del posicionamiento de Chile en el exterior. La campaña fue presentada ayer por el director ejecutivo de Fundación Imagen de Chile, Juan Gabriel Valdés, a los miembros de la comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara de Diputados. Imagen
En español, el slogan elimina  el (te) y deja solamente “Chile hace bien”, para subrayar y jugar con el concepto de que “Chile hace bien las cosas”, porque según “evaluaciones realizadas en el exterior, Chile ha hecho bien sus tareas en diversas áreas”.
El nuevo slogan ofrece muchos flancos. Me recuerda la campaña “Hong Kong te deja sin aliento”, que luego del brote de la epidemia de gripe que afectaba mortalmente las vías respiratorias, tuvo que ser eliminada.
Un slogan hacia el exterior debe resonar con el interior, o no funciona. Aunque estemos en un clima bicentenárico y apreciativo de lo nacional, que “Chile hace bien las cosas” es más una auto felicitación de la clase política y tecnócrata  gobernante, especialmente la de gobiernos pasados,  que una percepción homogénea instalada entre los chilenos. Algunos puntos de alto impacto para la discusión: reacción ante el terremoto, bulling y rendimiento en los colegios, destrucción del medio ambiente, abstención de participar en las elecciones de porcentajes enormes de la población y voto mayoritario por el cambio, el Transantiago, etc.
Por otro lado, algunos "maliciosos" podrían rápida y fácilmente ridiculizar la campaña con imágenes como los mineros atrapados a setecientos metros de profundidad, o los mapuches muriendo en huelga de hambre, o los millones de niños afectados por la contaminación de Santiago en otoño, o la destrucción de las costas por las termoeléctricas, en fin siempre habrá imágenes para manipular e ironizar con “Chile hace bien”. Y en tiempos de redes sociales, las imágenes se desplazan a la velocidad de la banda ancha.
La estrategia tiene un costo de 10 millones de dólares. Los diputados reaccionaron con inquietud ante el bajo monto solicitado, ya que en otros países la inversión en “imagen país” es mucho más alta. Quizás sería razonable que antes de hablar de presupuesto, se realizara una mínima evaluación de sentido común de la campaña propuesta. La evaluación de si es “mucho” o “poco” también dependerá del impacto producido.

lunes, 19 de julio de 2010

La importancia de las comunidades en el diseño de las políticas públicas

Por Ricardo Higuera Mellado

En los últimos años, el Estado chileno ha trabajado por convertirse en una institución eficaz y eficiente. En su devenir, y en especial en los últimos 20 años, se ha nutrido de elementos propios de la empresa privada, con el fin de otorgar un mayor profesionalismo al diseño, a la implementación y a la evaluación de aquellas políticas públicas que impactan directamente en la vida de las personas.


Se ha trabajado por reclutar a profesionales experimentados, con antecedentes que demuestren dominio y habilidades sobre distintas materias; se ha debatido sobre aspectos de la vida humana que son propios de sociedades en vías de desarrollo; se han trazado caminos para insertar a nuestro país en el contexto internacional tanto en el plano de la economía como en el de las relaciones exteriores y la cultura; se han elaborado planes y programas que permiten conducir al país hacia ese tan anhelado (y a veces tan esquivo) desarrollo. En el fondo, se han focalizado los esfuerzos en instalar una conversación en torno a cómo Chile puede ser una nación más inclusiva, generosa y con conciencia social.

En el ámbito operativo, todas estas innovaciones apuntan a que el Estado se convierta, entre otras características, en un actor con mayores capacidades gerenciales, que se elimine la burocracia y que, de esta manera, se inyecte agilidad y transparencia en la asignación de recursos y en la toma de decisiones que afectan los beneficiarios, que no son más que los propios ciudadanos. En este sentido, se habla de una nueva gerencia, asociada a incorporar valor público en las decisiones que se toman a nivel de Estado.

En los últimos años, Chile ha sido testigo de una serie de políticas que apuntan a convertirse en un mejor país. Entre los grandes objetivos de la Concertación (una actual abreviación de la llamada Concertación de Partidos por la Democracia, post dictadura de Augusto Pinochet) se encuentran: lograr que nuestro país sea capaz de acabar con la pobreza, que el sistema de salud sea lo suficientemente robusto y operativo para abordar las problemáticas de morbilidad que afectan a la población en su conjunto; que la Educación se convierta en el factor que logre romper con la costumbre de las castas y los apellidos que aseguran una mejor calidad de vida a las generaciones futuras; que Chile se convierta en un actor competitivo a nivel económico, un referente en materia de política exterior, una nación que se cuadra con los acuerdos medioambientales a los cuales han adscrito decenas de países alrededor del mundo; que existan las condiciones para un empleo pleno; que se rompa la exclusión basada en políticas de género de deficiente implementación y que aumentan la brecha en el acceso y participación de hombres y mujeres; que Chile sea un país abierto, inclusivo, tolerante y respetuoso de la diversidad étnica, religiosa, sexual y cultural.

Visto desde esa perspectiva, ha sido un trabajo que ha buscado incluir las distintas miradas, experiencias y estilos de vida de las distintas comunidades que conforman los casi 17 millones de personas que viven en Chile. Y, lejos de ser una tarea cumplida, desde el punto de vista de la inclusión, nos encontramos en un camino intermedio, en donde la labor que se ha venido realizando está en un proceso previo a una maduración total.

Pocos podrían afirmar que Chile sigue siendo el mismo que hace 20 años. Nuestro país ha transitado hacia una apertura que ha permitido instalar aquellos temas que son gravitantes para el desarrollo de nuestra sociedad. Ley de filiación; políticas de igualdad de acceso a oportunidades de educación y salud; inclusión de las etnias originarias; obras de infraestructura; mecanismos destinados a lograr una disminución real de la pobreza; políticas migratorias; planes y programas que buscan dar impulso a los pequeños y medianos empresarios, reconocimiento de los distintos cultos religiosos; posiciones claras respecto a temas clave para el desarrollo de la política exterior, como los Derechos Humanos o participación en guerras (llamadas “luchas contra el terrorismo internacional”), igualdad de género, entre tantas otras, forman parte de un abanico de aspectos que nuestra nación ha trabajado y se ha preocupado de fortalecer para dar cuenta que en estas dos décadas se ha avanzado hacia un sistema de políticas públicas abiertas, inclusivas y con alto impacto.

Sin embargo, muchas de estas políticas públicas han fallado, indistintamente, en sus etapas de diseño, implementación o evaluación. ¿Por qué?

Como base de este análisis, por políticas públicas debería entenderse (1) un curso de acción estable (2) definido por el gobierno (3) para resolver un área relevante de asuntos de interés público (4) en cuya definición en las actuales sociedades suelen también participar actores de origen privado (Tomassini, 2007). Y desde una perspectiva comunicológica, cabría preguntarse qué valor cobran las distintas comunidades que componen una sociedad justamente para la etapa de diseño de las distintas políticas públicas.

Desde el punto de vista comunicológico, comunidad se traduce en un espacio común, en donde bastan dos personas para generar un mundo particular, un espacio en donde surgen códigos, lenguajes, intereses similares, objetivos, planes, estrategias, anhelos que se quieren alcanzar, que se quieren cumplir. En ese mundo común la identidad como uno de los elementos centrales de su constitución.

Para lograrlo, se apela a la voluntad y el interés para establecer mecanismos que permitan remar en esa dirección, agrupando todas las fuerzas involucradas, para que el trabajo sea menos costoso y, a su vez, pueda satisfacer a más personas, a todos los integrantes de esa comunidad. En ella, sus miembros se reconocen, distinguen elementos que los constituyen como tal y construyen sobre una base común que les permite proyectar sus intenciones.


En un país que se encuentra inserto en un mundo globalizado, como en el que vivimos actualmente, las comunidades en nuestro país se han multiplicado exponencialmente, cada una con distintas identidades.

Bajo esta mirada, cabría preguntarse qué ha hecho el Estado por considerar la existencia de estas comunidades, por ejemplo, en la etapa de diseño de una determinada política pública. Conveniendo de antemano que en un diseño de esta magnitud es imposible considerar cada visión de forma particular, los organismos públicos deben ser capaces de contar con la suficiente apertura para incluir las distintas demandas que existen en aquellos grupos que, en la posterior etapa de implementación de estas políticas, se transformarán en los beneficiarios directos. Es importante que se tomen en cuenta las distintas experiencias, que el aparato público sea capaz de escuchar lo que la ciudadanía quiere decir, lo que anhela, lo que demanda para satisfacer sus necesidades. En sentido opuesto, lo peor que puede hacer el Estado es dedicarse a implementar políticas que se diseñen a puerta cerrada, que respondan a intereses particulares o que se encuentren alejadas de la realidad que afecta al país y a las comunidades que lo componen.


Es necesario que en la etapa de diseño exista una etapa previa de diagnóstico en donde se establezcan los lineamientos sobre los cuales se va a trabajar. Y que ese diagnóstico se realice en conjunto con aquellas comunidades a las cuales se afectará con el diseño de una determinada política. Esto, por varias razones centrales: primero, por ser ellas las beneficiarias directas; segundo, por los recursos que se invertirán en que se lleve a cabo y, tercero, por las repercusiones que puede tener tanto a nivel interno como externo en el desarrollo y estabilidad del país.


Es importante que el Estado sepa distinguir a aquellas comunidades que pueden ayudarlo a cumplir esos objetivos, como también a las que pueden entorpecer su desarrollo e implementación. Y desde esa perspectiva, el rol activo de todos los integrantes de una determinada comunidad, juega un rol preponderante. Son ellos quienes deben trabajar para que sus inquietudes y demandas tengan cabida en las decisiones que se toman a nivel gubernamental.


Retomando el símil entre Estado y empresa privada, las comunidades también son relevantes en el diseño de una política pública, porque son ellas quienes, en el proceso de implementación, podrán validar su efectividad, tal como una empresa que se puede llamar como tal sólo si hay consumidores que participan de ese proceso transaccional. E incluso ahondando en esta concepto, las comunidades internas –las que pertenecen al Estado- también juegan un rol preponderante, ya que son ellas las que se encargarán de implementar las opciones que se tomaron en la etapa de diseño. En este sentido, es clave que el aparato público sepa reconocer a aquellas comunidades que permitirán que estos procesos se desarrollen de forma satisfactoria.


Chile se encuentra en una etapa clave de su historia: la celebración de los 200 años de independencia demandan que el país se encuentre preparado para dar aquellos pasos que faltan para alcanzar el desarrollo. Y en este sentido, el concepto de inclusión al que se hizo referencia previamente en este texto, cobra una relevancia especial. Es importante que se generen los espacios adecuados para que la participación activa de las distintas comunidades en el país sea provechosa para los objetivos que se han establecido como una nación que se encuentra ad portas de la celebración de su bicentenario.

martes, 6 de julio de 2010

Comunidades virtuales, ¿nuevas formas de construir colectividad? *





Por Marta Rizo García


Es un hecho que los procesos de comunicación se están modificando; pero también es un hecho que la llamada comunicación masiva –con medios como la televisión y el radio, fundamentalmente- sigue muy anclada a la realidad social actual. No por ello, sin embargo, pierde sentido debatir acerca de las nuevas formas de ser y estar –y por tanto de las nuevas formas de comunicarnos- que promueven los espacios virtuales configurados por la red de redes, el Internet. Si tomamos en cuenta el sentido etimológico del término “comunidad”, tenemos que proviene de la voz latina communis, que deriva en cum (con, conjuntamente) y munus (carga, deuda). De ello, se puede inferir que la comunidad remite a una relación social caracterizada por obligaciones mutuas. Otro sentido del término communis está ligado a la noción de comunión, al acto de compartir y de situarse en conjunto. Este otro sentido aproxima el término comunidad al de comunicación. Toda comunidad requiere del establecimiento de una red de vínculos e interacciones y relaciones entre sujetos; requiere también de la gestación y mantenimiento de un sentido de pertenencia y de la realización de acciones colectivas impulsadas por los miembros de dicha comunidad.

En la actualidad, la noción de comunidad “ha sido privilegiada para dar cuenta de la gama de espacios sociales y técnicos que emergen de las redes informáticas, permitiendo a los individuos interactuar y encontrarse de distintas formas” (Siles, 2005: 56). Vale la pena retomar la distinción entre el uso coloquial del concepto comunidad y su significado etimológico –procedente de communis, común-. Muchos autores afirman que una comunidad no se refiere tanto al espacio físico en el que sus miembros interactúan, sino más bien a la cualidad de estas congregaciones de compartir objetos en común.

En sentido estricto, no puede hablarse del fin de los tiempos de lo masivo, pero sí de un escenario comunicativo modificado por el surgimiento y consolidación de nuevos dispositivos de información y comunicación radicalmente distintos –sobre todo en la relación que establecen con los usuarios, muy distantes y distintos a las audiencias pasivas anteriores- a los medios anteriores que, sin duda, todavía se mantienen con fuerza.

¿Qué sucede cuando las comunidades se relacionan en un espacio virtual y no físico? ¿Qué nuevas formas de comunidad se crean en estos nuevos entornos tecnológicos? Howard Rheingold fue el primer autor en usar la palabra comunidad virtual, y la definió como el conjunto de “agregados sociales que surgen de la Red cuando una cantidad suficiente de gente lleva a cabo estas discusiones públicas durante un tiempo suficiente, con suficientes sentimientos humanos como para formar redes de relaciones personales en el espacio cibernético” (Rheingold, 1996: 20). En esta definición es importante prestar atención a los conceptos de lo público, la suficiente cantidad de personas y la formación de redes de relaciones, tres de los requisitos básicos para la existencia de las comunidades, que al tener presencia en dispositivos tecnológicos modifican las relaciones humanas y se desterritorializan, es decir, se dispersan geográficamente. En otros términos, “la comunidad se desterritorializa e individualiza, se convierte en una red de relaciones sociales significativas que pueden ser muy dispersas geográficamente” (Ninova, 2008: 302).

Hablar de comunidades virtuales requiere, antes que cualquier otra cosa, tener claridad en torno a lo que entendemos por virtualidad, un término que ha dado lugar a múltiples definiciones. El término virtual proviene de la voz del latín medieval virtualis, un derivado de virtus, que significa fuerza, poder. Lo virtual serviría, así entonces, para designar lo que no es sino fuerza o en potencia, lo que es real pero no actual, nos dice Deleuze (1996). Por otra parte, según Philippe Quéau (1993), virtual viene también de vertu, que significa poder o calidad, lo cual lo lleva a establecer un enlace entre virtual y virtud. Hay muchas formas distintas de concebir a lo virtual, pero todas ellas comparten el considerar que la naturaleza de lo virtual se puede definir como “la generación tecnológica de un entorno de percepciones y experiencias en el que es posible la interacción, es decir, es posible modificar el entorno en función de los estímulos y las respuestas que se van produciendo” (Núñez, 2008: 210). Siguiendo a Siles, “lo virtual es a lo real lo que la copia es a lo original: un reflejo, una representación o una reproducción a veces fiel y a veces rebelde. Esta aproximación está basada en una posición teórica de representación según la cual lo virtual está subordinado a la entidad original de lo real. Las dos formas esenciales son inmutables y separadas la una de la otra: lo virtual no es sino una pálida imitación de lo real. En ese sentido, lo virtual degrada necesariamente lo real: en palabras de Baudrillard, lo virtual sería un ‘simulacro’ o un ‘doble’ de lo real” (Siles, 2005: 60). Como simulacros de lo real, así, las comunidades virtuales son una especie de copia de las comunidades reales. Desde esta óptica, se puede afirmar que el grupo de personas que interactúan en las comunidades virtuales lo hacen de forma ficticia, de modo que se degradan las relaciones interpersonales cara a cara. Hay autores que consideran que las comunidades virtuales son simulaciones de los encuentros cara a cara, y por ello, pueden ser consideradas como representaciones aparentes de los encuentros reales. Esto último pone el acento en un debate que aún permanece sin respuesta: ¿es contradictorio hablar de comunidad virtual en tanto la idea de comunidad requiere de lealtades a largo plazo y de contactos cálidos afectivamente hablando? Como afirman Proulx y Latzko-Toth (2000), si las comunidades, por definición, consisten en relaciones sociales entre un grupo de personas cercanas en un espacio geográfico determinado, resulta paradójico asociar el término comunidad al adjetivo virtual, que remite a la abstracción y la simulación.

Todo tema polémico genera visiones encontradas que, a menudo, no hacen más que simplificar el debate. En este caso, existen visiones apocalípticas e integradas, o tecnófobas y tecnófilas, respectivamente. Desde un punto de vista optimista, hay autores que consideran a las comunidades virtuales como liberadoras: “lo virtual se convierte en una resolución de las imperfecciones de lo real. Por medio de lo virtual, el individuo es capaz de realizar –o de actualizar- los potenciales latentes del mundo” (Siles, 2005: 61). Según esta perspectiva, lo virtual sería complementario y suplementario de lo real, y nunca degradatorio. En la misma línea se sitúa Rheingold (1996), para quien la comunidad virtual es un espacio liberador para sus miembros, una alternativa ante las imperfecciones del mundo, un medio de igualación de las diferencias y de emancipación de las minoridades sociales, capaz de revitalizar la esfera pública.

En el otro extremo, estarían aquellas visiones negativas que consideran que la comunicación cara a cara está desapareciendo por el papel cada vez más importante que juegan las tecnologías de información y comunicación (TIC). Pero, ¿puede desaparecer la esencia del ser humano, es decir, la comunicación? Nada más alejado de la realidad. Ello no significa que, efectivamente, la comunicación interpersonal esté sufriendo cambios constantes, pero de ahí a considerar que va a desaparecer, hay un trecho muy amplio que debe hacer repensar estas visiones tecnófobas.

En las situaciones de comunicación por medio de las TIC no le damos tanta importancia al contexto físico, elemento fundamental en la comunicación cara a cara. El concepto de conexión, vinculado al de interacción, modifica incluso la concepción de la persona, hasta considerarla como un ente portátil. Lo anterior queda claro en la siguiente afirmación: “No necesariamente tenemos que estar fijados en un lugar para comunicarnos con otros, el contexto físico se vuelve menos importante. Las conexiones son entre personas y no entre lugares, así la tecnología proporciona un cambio: conectar las personas estén donde estén. Las personas se vuelven portátiles, pueden ser localizadas para interacción a través de la tecnología en cualquier lugar. De este modo, la comunicación persona a persona se vuelve central y apoya la desfragmentación de los grupos y las vecindades” (Ninova, 2008: 303).

Las pérdida de espacialidad y temporalidad ha sido concebida por otros autores como causante de la pérdida de la intersubjetividad y, al fin y al cabo, como pérdida del sujeto: “El hombre no es tal sin el ser-con-los-otros, es decir, sin reconocer y ser reconocido por los demás, sin interpelar y ser interpelado, sin la interlocución que implica comunidad” (Herrero, 2008). Lo que antes era concebido como un uso del tiempo en relaciones e interacciones cotidianas cara a cara, y con gran presencia de lo público como escenario, hoy parece diluirse en nuevos espacios para las relaciones humanas. Espacios que no deben concebirse como promotores de la soledad y el aislamiento de las personas: “se ha exagerado el aislamiento al que puede conducir el uso de estas aplicaciones. Como si en la interacción cara a cara, en las relaciones tradicionales en las que se comparte el espacio físico, no existiera la soledad o el aislamiento” (Valiente, 2008: 3).

La reflexión sobre las comunidades virtuales debe ir indisociablemente ligada a las preguntas sobre las formas de relación cotidiana que estas comunidades traen consigo. Los sujetos, a lo largo de la historia, han construido diversas formas de relacionarse y de crear grupos y colectividades. La novedad, ahora, es que estas posibilidades se están ampliando: “La comunicación online amplía el alcance de las redes, permite mantener y fortalecer más relaciones” (Ninova, 2008: 304). Como las redes sociales en el espacio físico, las redes sociales en internet permiten la relación personal entre sus miembros y construyen nuevas formas de organización. Es decir, los cambios en los escenarios comunicativos están propiciando nuevas formas de comunicación, mas no están haciendo desaparecer la esencia comunicativa del ser humano, que sigue comunicándose cara a cara con sus semejantes.

Más allá de situarnos del lado extremo de los tecnófilos o los tecnófobos, consideramos que debemos asumir una postura reflexiva frente a estas nuevas formas de comunicación que presenciamos actualmente. Pensarlas implica generar nuevos conceptos o re-definir los ya existentes. Las comunidades reales no van a desaparecer ante la cada vez mayor presencia de comunidades virtuales, más bien ambas se alimentan mutuamente. Preferimos pensar, entonces, que las comunidades virtuales representan una nueva manera de concebir –y sobre todo de vivenciar y experimentar- las relaciones sociales.


* Extracto del artículo “Comunidades virtuales y nuevas formas de construir colectividad. Aportes teóricos para pensar la comunicación pos-masiva”, presentado para su evaluación y posible publicación en el Libro Colectivo de la Asociación Mexicana de Investigadores de la Comunicación (AMIC) en su edición del año 2010.

Marta Rizo García
Universidad Autónoma de la Ciudad de México
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