viernes, 4 de marzo de 2011

Los sociólogos también lloran


Por Jorge Bravo

La teleserie nocturna “40 y tantos”, ha puesto en pantalla  por primera vez  a  mi profesión, haciéndola protagonista (tres sociólogos y una estudiante). No es un hecho menor, si se considera  que es una producción comunicacional de las principales elaboraciones de la industria televisiva nacional y  que capítulo a capítulo han mantenido una audiencia del 20%.  De existir el Colegio de Sociólogos- hoy inexistente- de seguro habría realizado un pronunciamiento al respecto, o quizás para estar más tono un seminario. Es sabido que  ha  aumentado el interés de los jóvenes por estudiar esta  disciplina en virtud de la ampliación del campo ocupacional, ya no solo asociado a las aulas universitarias, al estado y las municipalidades, sino que ha llegado para quedarse en el mundo empresarial, lo que sin duda es el punto de partida que llevó a elegir a esta profesión  para un rol estelar.  

No deja de llamar la atención, que la otrora carrera que entregaba las herramientas conceptuales para derribar el capitalismo, cambiar el sistema de raíz ,y desde sus cimientos avizorar una nueva sociedad, sea utilizada en la trama de la telenovela, como  una disciplina que entrega las herramientas para limpiar la imagen  de los poderosos,  los que viven de mantener la apariencia de probos, de representar el papel que dice “que la mujer del “César no solo debe serlo, sino que parecerlo”, pero la debilidad humana, los consume y el dinero no solo esta para dar poder sino, para que  “otros” ayuden a superar las engorrosas situaciones, que pudieran poner en riesgo la reputación personal y la de sus negocios. Así,   la trama de la teleserie va dejando un legado que de seguro debiéramos agradecer los sociólogos; aclarar para que sirve, que hace un sociólogo, no es un dilema menor, el grupo Facebook “No quiero explicar qué cresta hace un SOCIÓLOGO y en qué trabaja” tiene nada menos 3.806.adherentes. Por ende, pasado ya más de 50  años, que se comenzó a impartir la carrera en Chile, el grueso de la población estaba desinformada respecto a la utilidad de ella, y su campo ocupacional, particularmente en los años de la dictadura, en cuales se creía que no se impartía en el país, lo que era casi cierto, pues con interrupciones solo se podía ingresar en la Universidad de Chile.

Detengamos un poco más en el perfil del sociólogo que entrega los Cuarentas y Tantos. En primer término, el protagonista Diego Elizande, es un hombre de fortuna, en parte por haberla heredado de su padre, así como también obtuvo de él, su manera de entender la vida. Sus habilidades gerenciales y patronales más parecen provenir de su condición social, pero las combina con mucha capacidad de anticipación y de construcción de escenarios, los cuales podrían provenir de su formación académica, Gaspar  Mellado una suerte de antagonista, es representativo del académico, muchas escenas lo presentan con un libro en la mano, y la biblioteca ocupa un lugar central en su departamento, (ni en la casa de Diego, ni en su oficina hay presencia de ningún libro). Su mujer, la joven estudiante más bien se identifica con el modelo de su pareja, que de su padre, pues le interesa desarrollar ayudantías y la carrera académica, y finalmente para que no se diga que la disciplina esta exenta de enfrentar líos de falda. El novel profesor de Sociología Benjamin Izquierdo, lucha con sagaces armas  para humillar y destruir a su antiguo profesor Mellado. Como podría escribir un destacado Sociólogo,  el mundo de la vida atrajo hacia  si  esa ciencia social de la que tanto desconfió.  

martes, 1 de marzo de 2011

Locos y Soñadores

 
Por Andres Rojo Torrealba

Seguramente la farándula, en forma inadvertida, salvó a nuestra clase política de uno de los peores bochornos del verano, ya que entre candidatas a reina y polémica por las rutinas homofóbicas de los humoristas no se notó el verdadero descenso en el buen gusto provocado por la respuesta del ex-ministro Francisco Vidal a las críticas del Gobierno por el desempeño del régimen anterior frente al terremoto, cuando envió al Gobierno completo al psiquiátrico y obteniendo como réplica que el diputado UDI le recetara el mismo tratamiento al conjunto de la Concertación.

No es posible que los políticos se quejen del desapego de la ciudadanía respecto de una actividad que debería ser noble y prestigiosa después de espectáculos como este, así como para la gente se le hace casi imposible entender el sentido que puede haber tras comentarios como los indicados.

Mientras en Medio Oriente y África hay gente muriendo por la libertad, en los países supuestamente democráticos parece ser un deporte la destrucción moral del adversario, como si no hubiera cosas más importantes y urgentes de las que preocuparse.   En estos últimos días, por ejemplo, hemos visto que se detiene a personas que manifiestan de forma pacífica su opinión o que se informa de un alza inminente de los alimentos en base a un estudio de Odepa, siguiendo una interpretación que el mismo organismo considera antojadiza.

En este cuadro es cuando más se necesitan los soñadores, los que sean capaces de distinguir entre lo fundamental y lo secundario, los que no se enredan en si alguien fue o no invitado a conmemorar una tragedia que nos afectó a todos ni que traten de engañar con fotos antiguas respecto a una reconstrucción que no ha sido todo lo exitosa que se pretende.

En estos tiempos, la gente está más alerta que nunca para detectar y denunciar a los mentirosos y quienes persisten en suponer que se puede engañar a las personas sí que requieren atención psiquiátrica pero no por pensar distinto sino por la enajenación que implica no reconocer la realidad.   Es sabido que los políticos padecen de cierta egolatría y que la mantención del poder produce un distanciamiento del mundo real.   Son casi condiciones esenciales para ejercer la actividad, pero que en la actualidad necesariamente tienen que caer en desuso por la mayor capacidad fiscalizadora del propio pueblo.

¿Alguien, entre todos nuestros políticos, será capaz de dejar de lado esa alienación, la vulgaridad y la fragilidad mental y moral para darse cuenta que los tiempos han cambiado?   ¿Alguien entenderá que, en estos tiempos, los soñadores son los realistas y los locos los que han perdido sentido de la realidad y, por último, que es desde la propia realidad que las personas juzgan a las autoridades?

sábado, 26 de febrero de 2011

Terremoto del 27 de Febrero en Chile: la conversación que no tuvimos

Por Mauricio Tolosa Twitter: @mautolosa

Hace un año, la defensa nacionalista de Don Francisco fue, para muchos, motivo de orgullo. Que lloráramos, nos conmoviéramos, teletoneáramos estaba bien; pero realizar las preguntas más profundas y obvias después de una catástrofe de esa magnitud, no era aceptable a riesgo casi de ser acusado de antipatriota. Un año después pagamos, con un Chile dividido y confundido, enfrentamos las consecuencias de no haber realizado aquella conversación. Todavía es tiempo, porque la tarea que queda es mucha.
A continuación la columna de aquellos días:

Habitualmente, las catástrofes naturales o humanas abren espacios para preguntarse de manera más activa y penetrante. Sucedió en Estados Unidos, después de los Huracanes Andrew o Katrina,  y también en América Latina con los intensos debates y reflexiones sobre el estado de la sociedad, después de los terremotos de Managua en 1972 y  de la Ciudad de México en 1985, o del Huracán Mitch que desoló, en 1998, a Nicaragua y Honduras. 
Por esto, quizás no es tan sorprendente que luego de visitar la zona del desastre en Concepción y recoger impresiones y testimonios, Jorge Ramos, destacado periodista y conductor de Univisión, escriba un artículo titulado “Dos Chile Tras el Sismo”, donde señala “que en realidad hay dos Chiles” y uno de ellos, el más pobre, apareció cuando el terremoto  corrió el velo de la ilusión.
Lo que sí es sorprendente, es la respuesta de Mario Kreutzberger, el popular Don Francisco de Sábados Gigantes que descalifica de entrada las opiniones de Ramos. Aunque titula su nota “Con respeto”, a continuación de realizar una especie de autocrítica a la simplificación de sus opiniones en alguno de sus propios viajes a países en “situación de excepción”, concluye “me pregunté cuántas veces también me habré equivocado”.
No se trata de quién tiene la razón. Si quién dice que no puede ser la presidenta de un país la que deba “decretar” si hay tsunami , o que los sistemas de alerta no funcionaron y costaron las vidas a cientos de personas, o que el bello aeropuerto de Santiago estaba diseñado para París donde no conocen los temblores, o que los saqueos fueron por desesperación o por codicia, o que los vecinos se hayan armado y encendido hogueras para protegerse de los asaltantes, o que miles de chilenos solidarios viajaron espontáneamente desde cientos de kilómetros hacia las zonas afectadas llevando ayuda, o que se recaudó una cifra record de ayuda en una “teletón” solidaria. 
Lo importante, hasta por razones terapéuticas, es establecer la conversación, levantar las preguntas. El problema es que Chile tiene una auto percepción coagulada y defendida conscientemente por los administradores de imagen del modelo. Una imagen que se administra con mayor facilidad reposando sobre el pánico a disentir, al que tiene una visión diferente, al que cuestiona el estado de las cosas, al que hace preguntas más de fondo.
Las evidentes observaciones de Jorge Ramos, las obvias preguntas que surgen de las mismas, no están presentes en los medios de comunicación masivos de Chile. En la cobertura del terremoto, la televisión, se ha preocupado más de la mal llamada “nota humana”, que mantenga la sintonía a través del horror o de la gloria, que de buscar explicaciones, o de preguntarse y abrir perspectivas.
En los medios chilenos, de debate y conversaciones nada. Peligroso estado de silencio y bloqueo del diálogo, cuando se requiere desatar la creación e imaginación para renovar el desarrollo y devolver el impulso a regiones donde el desastre dejó pérdidas materiales por 30.000 millones de dólares.
Pareciera que los chilenos, particularmente quienes detentan el poder de los medios de comunicación y los de ese “10% más acomodado que acumula más de la mitad del ingreso”, del que habla Jorge Ramos, pueden aceptar que se mueva la tierra y bote edificios, puertos y aeropuertos, pero no que bote la imagen de Chile que han y se han construido.

jueves, 24 de febrero de 2011

Democracia y comunicación: lo normal está tergiversado


Por Mauricio Tolosa Twitter@mautolosa 
Ayer, fueron detenidos durante varias horas, por Carabineros de Chile, unos jóvenes que caminaban con carteles y banderas por el Paseo Huérfanos. Sí, leíste bien, caminaban por un paseo peatonal. No estaban cortando el tránsito, no se habían tomado la calle, caminaban por un paseo peatonal. Algunas horas más tarde otros jóvenes fueron reprimidos en Viña por pedir una gaviota para Calle 13 en el contexto de un festival de música.
 
Los del paseo Huérfanos, antes de ser detenidos habían sido reprimidos con lo que en la mayoría de los países se llama cañón de agua, y al que en Chile damos el simpático nombre de “guanaco”. Acá, su uso nos parece normal; en la mayoría de los países democráticos el uso del cañón de agua o de bombas lacrimógenas se reserva sólo para situaciones extremas, es equivalente a usar un arma. No quiero explicar por qué acá es normal, o de dónde viene, o por qué somos así: quiero dejar claro que en democracia es inaceptable. La brutalidad del estado contra un grupo de jóvenes que quieren plantear su punto de vista nos degrada como personas y como sociedad.
Fueron detenidos y reprimidos “por estar defendiendo Isla Riesco”. Y de alguna manera, en esa frase se cuela otra dimensión de lo normal: cuando uno lucha “por algo” es normal ser reprimido o detenido.  Sí, efectivamente, es normal ser detenido y hasta asesinado cuando uno lucha por algo, en una dictadura. En todas las últimas declaraciones de Estados Unidos sobre las rebeliones en el “Mundo Árabe” se subraya “el derecho a reunirse, manifestarse y expresarse libremente”. ¿Por qué eso es distinto en Chile? ¿Porque aquí estamos en democracia? Sería la paradoja más absurda. No es normal ser arrestado y golpeado por llevar un cartel en una democracia.
Urge que nos saquemos la dictadura de la cabeza y el corazón: es escandaloso, que un grupo de jóvenes o un ciudadano sea reprimido por portar un cartel o por pedir una gaviota. Lo normal, es que habitemos un país donde las personas pueden caminar, pensar y decir lo que quieren sin miedo: el derecho a la comunicación nos constituye como seres humanos. Lo normal, es que todos podamos ejercer el derecho a plantear pacíficamente nuestra posición, en los medios de comunicación, en las redes sociales, con carteles o con canciones. Lo normal es que las calles y plazas sean el espacio de reunión, de expresión y convivencia de la ciudadanía.
No importa si es por la gaviota a Calle 13, Isla Riesco, el Gas, Alto Maipo, las reivindicaciones laborales, el apoyo a la disidencia en Cuba o en Libia, el aborto, la prevención del sida, los pueblos originarios, el pase escolar, la igualdad de la mujer o la calidad de los servicios: los ciudadanos tienen derecho a manifestar lo que piensan. El derecho a la comunicación es básico y elemental, nunca podemos dejar pasar por alto su violación. Sin derecho a la comunicación no hay posibilidad de conversar, no hay democracia, no hay comunidad nacional.

lunes, 21 de febrero de 2011

Diagnóstico, el inicio de la solución


Por Mariluz Soto Hormazábal

El diagnóstico es esencial para buscar las soluciones, para definir las acciones necesarias. Es el inicio del camino a las soluciones.

Frente a un problema, la confianza es depositada en la experiencia de los profesionales.  En la medicina se relata al médico todos los síntomas y en conjunto con los exámenes pertinentes se espera que los años de práctica o su capacidad de análisis y asociaciones se vea reflejado en un diagnóstico acertado. En la comunicación, una organización, una comuna, región o un país también espera al exponer todos los factores e indicadores, que se realicen las acciones y búsquedas necesarias para obtener el primer acercamiento a la solución . En los dos casos, el centro son las personas.

Es posible imaginar un problema como una serie de síntomas e indicadores que van aumentando según el tiempo o hechos que transcurren, cada uno de estos es un nivel que indica la intensidad y profundidad. Como en la medicina, también en la comunicación mientras más avanzado esté el problema más grave se torna la situación, más complejo el análisis y las opciones de mejora.

El “paciente”, vuelca todo, cabeza, corazón y cuerpo en entregar la información, dar todas las pistas necesarias para contextualizar al experto en el problema o cadena de situaciones.  La responsabilidad está en captar y buscar toda la información y definir las acciones, a través de escucha y observación estratégica, análisis y asociaciones que permitan entender al “paciente” y sus interpretaciones de los determinados estímulos, y también, a la capacidad de comprender cada palabra, gesto y movimiento como acciones complementarias, generando una visión global y panorámica. Todos los fragmentos desordenados y separados del puzle son tomados y generan una gran pieza: el diagnostico.

A partir del diagnóstico, se genera  un tiempo y espacio de soluciones y acciones determinadas y coordinadas transformadas en un esqueleto invisible que configura a las personas y genera los escenarios óptimos para el camino de las soluciones y mejoras.

viernes, 18 de febrero de 2011

Un cartel es comunicación, no un delito


Por Mauricio Tolosa, en Twitter @mautolosa

Ayer, entre las noticias revueltas de Dichato, de marinos en las calles, de los detenidos que eran 30 y después 8 y al final no supe, de los numerosos helicópteros revoloteando, del presidente que “llegó en son de paz”, escuché pero deje pasar, algo básico relacionado con el derecho a la comunicación: un señor que fue detenido por portar un cartel.

Afortunadamente, las redes sociales están llenas de amigos alertas, que no dejan pasar detalle. Esta mañana, en mi cronología TL de Twitter, me llamó la atención un tweet de Victoria Uranga “Qué perdido anda el gobierno si le tiene miedo a la gente que expresa sus ideas. Un cartel no es amenaza es un mensaje”.

Lo que me llamó la atención no fue que “el gobierno ande perdido”, -que es un punto discutible y sobre el que pueden existir distintas opiniones-, sino que Carabineros hubiese detenido a una persona por andar con un cartel. Un cartel es una expresión de ideas, -más o menos afortunadas- pero una expresión de ideas que nadie puede coartar. Recordé que hace unos meses, mientras los mapuches estaban en huelga de hambre, Carabineros detuvo a unas religiosas que caminaban con un lienzo.

En Chile nos hemos acostumbrado a dejar pasar por alto la violación de los más mínimos derechos ciudadanos sin sorprendernos, expresarse mediante un cartel o mediante una manifestación pacífica, no puede ser reprimido. Es la expresión de los ciudadanos, aún más imprescindible en un país donde todos los canales de televisión abierta y todos los periódicos cotidianos de circulación nacional profesan la misma ideología que el gobierno. El derecho a la comunicación, a ser escuchado y tomado en cuenta, a expresar sus ideas y ser parte de la conversación pública es la esencia  de la democracia.
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